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Publicat el 20 - 7 - 2003 a Diari Levante - EMV
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Tragedia día a día

Ana M. García

Epidemiòloga

Pura Duart

Professora de Sociologia. Universitat de València

Destrossava el seu cos, encara jove, amb excés de tabac, alcohol i amor. A més del gran desgast que mai no compta, car treballar és cosa natural Ovidi Montllor

Hace algo más de 11 años supimos de la muerte de cinco mujeres y un hombre trabajadores de la aerografía textil. Más de 70 trabajadores del mismo sector quedaban afectados, algunos para el resto de sus vidas. Con la diligencia habitual, recientemente la justicia fallaba sentencia al respecto: algunos años de cárcel y multas para los empresarios y para la administración, los unos responsables directos de las mortales condiciones de trabajo, los otros responsables teóricos de velar por la salud y seguridad de todos los ciudadanos.

El denominado síndrome de Ardystil reunía una serie de condiciones peculiares. La extremada y rápida toxicidad de los productos utilizados o la coincidencia en el hospital de algunos de los primeros trabajadores afectados determinaron su relativamente rápida identificación y toda la serie de actuaciones posteriores (cierre de las empresas, vigilancia médica de los trabajadores -lo que sin embargo no consiguió evitar algunas de las muertes y secuelas, ya irreversibles- y el correspondiente juicio). Pero otras causas igualmente relacionadas con Ardystil no eran (ni son) nada excepcionales: precariedad laboral extrema, trabajadores jóvenes con escasas o nulas alternativas laborales (en su mayoría mujeres), pésimas condiciones de trabajo (jornadas de hasta 12 horas, manipulación de tóxicos sin ningún tipo de información ni control), empresarios ignorantes y desaprensivos, inspectores complacientes o simplemente incapaces. Al parecer el rendimiento productivo de la técnica empleada (la aerografía con una mezcla de preparados químicos debidamente registrados) era excelente. El hecho de que los trabajadores sangraran por la nariz al poco de entrar a trabajar en las fábricas no parecía plantear ningún problema a los dueños de las empresas ni a los inspectores de la administración. Al parecer el trabajo conlleva inevitablemente sudor, sangre, enfermedad y muerte. Eso sí, a cambio de una paga. Y, si llega el caso, también de una indemnización para los supervivientes. Desde que se identificó y llegó a los medios el denominado síndrome de Ardystil, en este país han ocurrido más de 10.000 muertes por accidente de trabajo. Y los expertos estiman que el número de enfermedades y muertes lentas causadas también cada día por el trabajo es todavía mucho mayor

En el desempeño de un trabajo los derechos del ciudadano parecen establecerse con un patrón diferente. Lo describe muy bien el sociólogo Andrés Bilbao: “[La puerta de la fábrica] es la señal que divide dos mundos. El mundo de la producción, establecido sobre la relación desigual, y el mundo exterior a la producción, el de los individuos libres e iguales (…) ”. Las leyes y regulaciones para proteger la salud y seguridad de las personas adoptan formas distintas y se interpretan de manera diferente dentro y fuera de la empresa. Podríamos mencionar muchos ejemplos de cómo la prevención de riesgos en el trabajo se desarrolla en un espacio peculiar, con estándares de protección y prevención mucho menos exigentes que para el conjunto de la población, con una interpretación especial de las responsabilidades y con sentencias que, cuando llegan, no dejan de resultar ridículas (en las empresas del caso de Ardystil, un año de cárcel por cada crimen y algunos miles de euros por cada vida).

Si las desigualdades afectan a la sociedad en todas sus dimensiones, la salud y seguridad en el trabajo no son ninguna excepción. Los trabajadores con contratos temporales tienen una probabilidad dos veces mayor de padecer un accidente de trabajo. Apenas sabemos nada de los problemas de salud laboral en la creciente población de inmigrantes que consiguen acceder a un puesto de trabajo, pero habitualmente estas personas ocuparán los peores empleos en las peores condiciones, con el riesgo añadido de su indefensión ante los abusos de una sociedad desmemoriada. El descontrol y la desprotección siguen siendo extremos en amplios sectores de la economía, tanto legal como sumergida. En el sector del calzado, un ejemplo próximo y paradigmático, cada año sabemos de la afectación de numerosos trabajadores (nuevamente, en su mayoría mujeres) por una enfermedad neurológica provocada por la manipulación de disolventes para la que existen medidas de prevención sobradamente conocidas: sustitución de productos, ventilación y control del ambiente de trabajo (lo mismo que hubiera evitado el síndrome de Ardystil, aunque en el caso del calzado no llegan a producirse muertes o al menos no de forma tan inmediata). Las desigualdades son todavía más manifiestas en estos tiempos de globalización de problemas y localización de beneficios. Muchas empresas aprovechan el menor control y vigilancia de las condiciones de trabajo en los países empobrecidos para trasladar allí sus naves sin el menor reparo en contratar niños y adultos en condiciones medievales y a cambio de salarios de miseria.

"Todo esto podría haberse evitado", declaraba una madre que perdió a sus dos hijas en Ardystil, en un angustioso y lúcido resumen. Esta sociedad no debería consentir que nadie enfermara ni muriera en el trabajo. Trabajar es natural, pero las condiciones de trabajo no lo son: los equipos y productos con los que trabajamos, el ambiente y los ritmos de trabajo se pueden modificar, son decididos e impuestos cada día frente a otras alternativas. El accidente y la enfermedad laboral son totalmente evitables: conocemos sus causas y los medios para corregirlas. Joan Salvat-Papasseit, con su característica e imprescindible alegría, nos hablaba del buen trabajo, del trabajo como oficio (¿recuerdan?), en un delicioso poema que también cantaba el alcoyano Ovidi Montllor: “ Hi ha oficis que són bons perquè són de bon viure ”. Pero seguimos consintiendo la existencia de demasiados puestos de trabajo enfermos, necesitados de tratamiento urgente.

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