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Un regalo envenenado

Pura Duart

Professora de Sociologia. Universitat de València

El punto de partida es que nosotros producimos más de lo que podemos consumir, así que necesitamos acceso a mercados extranjeros para que nuestras familias ganen un sueldo decente.
Norman Coleman, Senador de Estados Unidos.

En el Jardín Botánico de la Universitat de València hay una instalación sobre ‘Agricultura y Biotecnología' patrocinada por la fundación Nestlé. Se nos ofrece la posibilidad de acordar visitas guiadas para pequeñ@s. No les lleven. Es una exhibición publicitaria a la que, sospechamos, Nestlé pone la marca porque sus colaboradoras, las compañías más directamente implicadas en el negocio, como Monsanto o Singenta, están demasiado ‘marcadas'.

La exposición, pertenece más bien al delirante y onírico mundo de la propaganda, en el que nada se cuestiona y todo se soluciona. Justo lo contrario al pensar científico. Los mitólogos de la biotecnología pretenden hacernos creer que los problemas agrícolas son sólo cuestión de ‘deficiencias genéticas'. Otra ‘solución mágica' para ocultar la destrucción ambiental, resultado de la anterior oleada tecnológica de agroquímicos, sin cuestionar las falsas suposiciones que crearon la situación actual.

Al manipulado de los genes le sigue el manipulado de las opiniones. Washington defiende los intereses de las grandes firmas patentadoras de semillas promoviendo los transgénicos, en especial donde hay alguna oposición, financiando institutos, fundaciones, cursos y premios para quienes les apoyan. Mientras, las corporaciones unidas contratan a otras multinacionales de las ‘relaciones públicas' , que aclaren las ideas de l@s consumidores . Burson-Marsteller (uno de cuyos principales clientes es el banquero y directivo de Nestlé, Stephan Schmidheiny), una mercenaria de la información, maquilladora de desastres como la muerte de miles de personas en una planta química de la empresa Union-Carbide, cobrará por ‘blanquear' las críticas europeas contra los transgénicos.

Veamos cómo el tecnomaíz está ya ‘beneficiando' a los pobres del continente americano:

EEUU es el mayor productor de transgénicos y el mayor exportador de maíz del mundo. Controla buena parte de este mercado y vende muy por debajo del costo, gracias a la ayuda del gobierno a las industrias (dumping disfrazado), aunque los precios al consumidor no disminuyan. La producción de maíz es uno de las que mayores subsidios encubiertos recibe en EEUU. Unas pocas y grandes compañías, como Cargill, absorben a precios artificialmente bajos los excedentes de las empresas productoras (con Monsanto, la mayor propietaria de patentes sobre las semillas modificadas, a la cabeza), y se lucran con su exportación, a menudo disfrazada de ‘ayuda humanitaria', que pagan los países pobres con créditos que perpetúan su dependencia económica.

Según la RAFI (Rural Advancement Foundation International), una organización no gubernamental de apoyo a la población rural, los pueblos indígenas están perdiendo 4.5 mil millones de dólares al año por regalías impagadas, porque las empresas comercializadoras de alimentos y productos farmacéuticos están privatizando la vida y los conocimientos públicos.

De los cinco millones de trabajadores agrícolas de EEUU, el 70% son de origen mexicano. En 2003 las rebajas a los impuestos de importación aumentarán en ocho millones el número de pobres mexicanos. Antes de aprobarse el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) México importaba menos de la mitad del grano que compra ahora. La crisis del maíz es una de las más graves que vive México.

En 2001 un equipo de científicos independientes de Berkeley alertó de que, a pesar de la prohibición de sembrar maíz modificado en México, el maíz nativo ya estaba contaminado. La revista Nature, por razones o presiones a descubrir, se implicó en una campaña para desacreditar esta investigación. En 2003 un equipo mexicano ha reafirmado las conclusiones de la universidad británica: de norte a sur y de este a oeste el maíz mexicano está contaminado. En algunas plantas se encontraron hasta tres transgenes diferentes (alguno incluso prohibido para consumo humano en EEUU), lo cual indica que los cruces se están produciendo desde hace varias generaciones.

Los campesinos indígenas piensan que se trata de un ‘agrocidio' programado porque, la agroindustria podrá decir ahora que, si está contaminado el corazón de la diversidad del maíz, ya no hay razón para impedir la diseminación genética en el resto del planeta.

La imposición por la fuerza, de las balas y de las ‘lavadoras de imagen', de la nueva tecnología industrial es una catástrofe social, además de económica, que están sufriendo las culturas y los pueblos cuya supervivencia depende de su soberanía alimentaria (el derecho a producir su alimento en su propio territorio), los del llamado ‘Tercer Mundo'.

En los años 70, Nestlé fue condenada en Suiza, su lugar de origen, por prácticas abusivas contra las poblaciones pobres de los países más pobres. Nestlé es perseguida en varios continentes por sus prácticas fraudulentas: reetiquetar productos caducados; utilizar todo tipo de trucos publicitarios ilegales -como la distribución gratuita de muestras en los hospitales para que los bebés prefieran la leche artificial a la materna-; arruinar las aguas medicinales de Minas Gerais y, con ello, sus históricos balnearios y parajes naturales; desatar una persecución contra los representantes sindicales de los trabajadores colombianos, para criminalizar toda protesta social; introducir transgénicos en sus productos, contra las disposiciones legales.

Dicen los indígenas de México que el maíz es sagrado, y que las mujeres y los hombres mesoamericanos están hechos de maíz. Dicen que un puñado de simiente es la herencia que pueden dejarle a sus hijos y a sus nietos. Y dicen que les han dicho que las semillas transgénicas no hacen daño, pero ¿qué pruebas tienen? Ellos sí saben que su maíz hizo bien a la humanidad por más de 10.000 años. También dicen que la descontaminación del maíz, la restauración de su carácter sagrado, de respeto y agradecimiento profundo, no podrá ser obra de científico alguno, sino obra de los pueblos que aún lo cultivan con cariño, pues, si una variedad existe es porque es importante para algo o para alguien, y cada persona, familia o comunidad le agrega o transforma algo. A quienes quieren escucharles, les dicen que cada maíz refleja una conversación entre cultivadores y cultivo, que es él quien enseña a cuidarlo y mantenerlo, y que, por ello, ese conocimiento está ligado a la experiencia colectiva, eternamente cambiante, porque las conversaciones se comparten y nunca se repiten.

Nestlé, no tiene autoridad en esta conversación. ¿Por qué una universidad pública arriesgaría por ella su prestigio?

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