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Publicat el 20 - 6 - 2004 a Levante - EMV
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La vida en los barrios y la recuperación de la democracia

José Albelda

Professor Universitat Politècnica de València

El Paraíso: “Si nos portamos bien, está prometido, veremos todos las mismas imágenes y escucharemos los mismos sonidos y vestiremos las mismas ropas y comeremos las mismas hamburguesas y estaremos solos de la misma soledad dentro de casas iguales en barrios iguales de ciudades iguales donde respiraremos la misma basura y serviremos a nuestros automóviles con la misma devoción y responderemos a las órdenes de las mismas máquinas en un mundo que será maravilloso para todo lo que no tenga piernas ni patas ni alas ni raíces”. E. Galeano. Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

En el transcurso de una atractiva charla, el poeta Antonio Orihuela nos habló del estrecho vínculo entre el diseño del entorno y el diseño de nuestras conciencias. No le faltaban ni razón ni argumentos. A poco que uno fije la mirada, el diseño de la ciudad y la ideología que alienta una determinada evolución de la misma nos habla de la voluntad última de aquéllos que acaban imponiendo, a los moradores de la polis , uno de entre los muchos modelos posibles de estructura urbana.

Recordemos que los totalitarismos de toda laya siempre han tratado de disminuir la diversidad del entorno y acallar la proyección urbana de la multiculturalidad, apostando por la uniformidad, la sobriedad en el cromatismo y la repetición jerárquica de patrones en la conformación de la ciudad. Sobre ese no-lugar donde el ciudadano necesariamente ve alienada su identidad como individuo, sobresalen siempre los símbolos del poder, sea personalizado en la estatua de un líder -como antaño- o autoafirmándose a través de un monumento sobredimensionado.

En las antípodas nos encontramos con el modelo del barrio como una unidad vital que, en cuanto se le deja un poco a su libre albedrío, tiende a recuperar la estructura social, estética y urbana que lo convierte en un lugar digno de ser habitado. En las zonas que no han sido diseñadas “de nueva planta”, como los centros históricos de las ciudades de nuestra Comunidad o barrios de Valencia como Russafa o el Cabañal -de gran tradición histórica ambos-, el ciudadano mantiene el diálogo con un espacio cuya escala y estructura social le resultan acogedores.

En esos entornos las personas pasean, toman café con otros vecinos, compran en tiendas o mercados en los que se les recibe con una sonrisa y se les llama por su nombre. En los barrios la gente se conoce y las distancias se dominan sin necesidad de coche, andando por las mismas calles donde se compra, se disfruta, se trabaja y se vive.

Recuperar los barrios supone, ni más ni menos, recuperar la dimensión humana de la ciudad y, con ello, reafirmar la identidad de los que la habitan. Tema éste de gran calado que, como todo lo importante, empieza por lo pequeño, lo cercano. Porque mejorar los barrios pasa por recuperar la influencia de sus habitantes en las decisiones que van a afectar al entorno inmediato en el que se desarrollan sus vidas. Es, por tanto, el primer paso para la regeneración de ese antiguo invento, tan importante como deteriorado, que llamamos democracia.

Pero, ¿cómo afrontar la autodeterminación de los barrios y, por ende, los primeros intentos de rescate de la democracia? Con esfuerzo y organización, desde luego; pero contando con algunas premisas que, entre otras muchas posibles, quiero mencionar. Los vecinos, sus asociaciones, no deben discutir a posteriori las reformas que el ayuntamiento propone para sus calles, aceras, plazas, farolas… Son ellos quienes deben proponer las mejoras, pues es el que vive el que mejor conoce qué es lo que necesita y qué le sobra.

A buen seguro que cualquier habitante de un barrio defenderá la descentralización: querrá reivindicar el mercado y el pequeño comercio, un jardín al que se pueda llegar paseando con un cochecito de niño en no más de quince minutos; un parque con bancos –de los de sentarse, no de los otros-, columpios, algún bar con mesitas en la plaza y sin coches amenazantes, por favor. Pedirá una biblioteca, una guardería y una ludoteca públicas; y un centro social donde encontrarse, ver exposiciones, escuchar conferencias y conciertos. Todo ello pequeño, a la escala de los habitantes del barrio. Querrá calles peatonales y aceras con árboles; deseará, como proponía Hundertwasser, que los vecinos puedan elegir el color de la fachada de sus casas -y quizás también el de sus balcones.

Si somos conscientes de que tenemos derecho a reivindicar la gestión del espacio público en el que vivimos, el primer paso hacia una democracia participativa estará dado. Pues no acaba nuestra identidad en el límite de nuestra piel o en los muros de nuestra casa. El barrio, la ciudad, nos hace; y nosotros queremos influir en ese espacio que tanto va a afectar a nuestras vidas. Según sea la trama pública, nos sentiremos capaces de expresarnos colectivamente o, por el contrario, se nos invitará a recluirnos en lo privado o en los anodinos contenedores del consumo y del ocio programado, donde perderemos el nombre propio y sólo seremos consumidores anónimos.

La verdadera democracia se caracteriza por el respeto a la diversidad y a que ésta se manifieste en todas las dimensiones de lo público. Diversidad de formas de entender la vida y el espacio que puedan materializarse en arquitecturas distintas, colores variados, especies vegetales diversas. Defender la heterogeneidad de los barrios es tan importante para potenciar una cultura fértil, como mantener la biodiversidad lo es para garantizar el equilibrio en los ecosistemas naturales.

Cuando el barrio identitario está vivo y los que lo habitan se sienten dueños de “su espacio público compartido”, puede darse lo que yo ví hace años en los alcorques que durante meses permanecieron sin vegetación en una calle de Russafa: los vecinos comenzaron a crear su pequeño jardín en el trozo de tierra más cercano: uno plantaba aromáticas, otro un arbolito; alguno llegó incluso a sembrar hortalizas. Me maravillé de ese tiempo en el que brotó de forma espontánea una creatividad biodiversa que embellecía la calle. Hasta que un día, el ayuntamiento arrasó aquel modesto y espléndido símbolo de autogestión para plantar la misma especie arbórea en todos y cada uno de los alcorques

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