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Publicat el 11 - 7 - 2004 a Levante - EMV
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Contra la violencia vial

Joan Olmos

Joan Olmos

Enginyer de Camins. Professor d'Urbanisme. Universitat Politècnica de València

La carretera es uno de los dominios donde la ley no se cumple: por un lado, no existe prácticamente ningún control, y cuando los hay, se realizan con márge-nes inadmisibles (30 km/h para la velocidad); por otra parte, los jueces no aplican las penas previstas, tanto en caso de accidente, argumentando que la falta era leve, como en el caso de infracción sin accidente, argumentando que no ha habido accidente. (La Ligue contre la Violence Routière, Francia)

El pasado 25 de junio la asociación Stop-Accidentes organizó en Madrid el “I Foro contra la Violencia Vial” con la finalidad de iniciar un movimiento cívico y político para luchar contra la violencia vial y convertir esta lucha en una prioridad estatal inaplazable, tal como indicaba en su programa. Por primera vez, un debate público, con la colaboración de la Dirección General de Tráfico, aparece bajo una denomina-ción que rehuye explícitamente el subterfugio del término seguridad vial. Es impor-tante comenzar a llamar a las cosas por su nombre para buscar soluciones eficaces, y aquí la realidad no admite eufemismos ni maquillajes políticos interesados.

Un buen número de víctimas de los sucesos de tráfico (habría que abandonar el término encubridor accidentes) lo son por la violencia que ejercen otros, no por imprudencias o negligencias propias. Y ese número de víctimas, aunque fuera in-significante, sería insoportable, como lo son los de la violencia familiar, la violencia laboral o cualquier clase de violencia que se ejerce desde la sociedad, desde el Po-der o con la tolerancia implícita de este último. Muchas personas mueren o quedan mutiladas de por vida por el hecho de que un sector de los ciudadanos, impune-mente, practica al volante la violencia vial, un comportamiento personal agresivo trasladado al modo de conducir un vehículo, sea un coche, un autobús o un ciclo-motor.

La predisposición a saltarse los límites de la velocidad o a ingerir alcohol cuando se conduce, son los dos factores que están en la base de la mayoría de los siniestros, pero hay otros elementos provocados por actitudes violentas o intimidatorias contra el resto de conductores y acompañantes: los vehículos que se pegan literalmente a la parte trasera de los coches hostigando con las luces para adelantar a velocida-des ilegales, el conductor que adelanta impaciente por la derecha o nos cierra el paso en la ciudad porque entiende que vamos demasiado despacio…

A pesar de algunos intentos interesados en deslegitimar el exceso de velocidad co-mo principal causa de la tragedia, ésta continúa siendo la piedra angular de todo el sistema. No hay soluciones mágicas ni imposibles para conseguir una efectiva re-ducción de la velocidad. Pero es obvio que bastaría con hacer técnicamente imposi-bles los excesos: en la construcción de las máquinas, por una parte, y en el diseño y mantenimiento de las vías por otra.

Se trata de preservar a la mayoría silenciosa –peatones, conductores y acompañan-tes no violentos y sectores sociales más frágiles- de un grupo de ciudadanos que convierte su vehículo en una peligrosa arma. Aunque obviamente, también éstos deberían ser objeto de prevención. Confiar en la “educación vial” o en el efecto di-suasorio de las sanciones puede generar resultados “positivos” pero hay que aban-donar la idea de los resultados positivos cuando se refiere a disminuciones de cifras tan escandalosos. Fijar la tolerancia cero con la violencia vial y los accidentes, no solo es un objetivo realista, sino que resulta el único compromiso éticamente acep-table, porque no estamos hablando de una epidemia de origen desconocido, sino de una lacra social con perfiles claramente conocidos.

El nuevo Gobierno ha anunciado la próxima implantación del carnet por puntos que no resulta, a mi juicio, una medida suficiente para la magnitud del drama social que tratamos. Sigue primando el criterio sancionador a posteriori sobre el de la preven-ción, confiando en los efectos disuasorios del mismo, y con la finalidad de reducir –no eliminar- la siniestralidad. Esperemos que se ponga en este asunto mayor em-peño político. De momento, el Gobierno se ha limitado a copiar el método de Fran-cia, nuestro país vecino. Haría falta un mayor esfuerzo de imaginación, y una aper-tura del debate parlamentario y social, sin esperar a que algún día, asociaciones cívicas de afectados o una mayor exigencia ciudadana, conviertan este asunto en un elemento de presión política insoportable para cualquier gobierno.

En el caso francés, donde la realidad es que ha habido sensibles avances, la “Liga contra la violencia vial” viene, desde 1983, forzando a las administraciones públi-cas. Sus tres propuestas principales debieran tenerse en cuenta: la implantación de la caja negra en todos los vehículos (que como se sabe registra la velocidad en ca-da momento), la limitación a 130 km/h por construcción (o sea, en la fabricación de los coches) y la restauración de la legalidad, en controles y sanciones. Además, la asociación francesa reclama una política coherente de transportes que fomente y favorezca los medios alternativos al camión y al automóvil.

Hay que insistir en que la siniestralidad en la calzada no es una fatalidad, sino una guerra de baja intensidad, como ha sido calificada, perfectamente evitable, con responsabilidades en diferente grado; empezando por la Administración, tan procli-ve a eludirlas o trasladarlas a los ciudadanos. Los departamentos de Industria y los responsables del proyecto y gestión de la infraestructura viaria, por una parte, tie-nen mucho que ofrecer, que no sea repetir los tópicos estériles que ya conocemos. Los responsables de la seguridad y la justicia, tienen la obligación de no contempo-rizar con las sanciones ni con las penas.
Y finalmente, los ciudadanos pacíficos tienen la obligación moral y el derecho de reclamar la protección del Estado. Éste habrá de adoptar medidas más audaces para conseguir una política de seguridad que tenga como objetivo sustancial la tole-rancia cero con la violencia vial.

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