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Publicat el 8 - 9 - 2002 a Diari Levante - EMV
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De raices (y sumideros)

Eduardo Peris Mora

Universitat Politècnica de València

La distribución de la población sobre la tierra ha evolucionado en una forma muy manifiesta en el ultimo medio siglo. Mientras que las áreas rurales se despueblan, la población del mundo tiende no solo a crecer, sino a concentrarse en torno a núcleos urbanos cada vez más complicados de gestionar. Los problemas medioambientales más graves lo son, más que por su magnitud absoluta, por la concentración espacial y temporal con que se manifiestan. Las ocupaciones de territorio se producen sobre las tierras más fértiles que se transforman en suelo construido; las emisiones a la atmósfera se concentran, por causa del tráfico o la industria, en unas pocas zonas de la tierra formando agregaciones urbanas extensas en donde respirar es cada vez más difícil. Pero la tendencia es de seguir creciendo: En los países desarrollados la población urbana supera ya el 80% y sigue aumentando mientras el mundo en desarrollo copia acríticamente nuestro modelo. El crecimiento poblacional de las ciudades es solo en parte biológico; la parte más importante del aumento de urbanitas se debe hoy, como siempre, a las migraciones. Los migrantes han supuesto trasiegos humanos muy importantes que han sido provocadas unas veces por hambrunas, otras por guerras. Valencia ha sido desde hace muchos años receptora de inmigrantes que venían a ganarse mejor la vida que en sus pobres tierras de origen. Desde provincias vecinas más secas siempre se consideró a nuestra capital como un modesto Eldorado de la subsistencia. Algunos de nuestros labradores de la huerta son todavía temporeros en otros países europeos desde hace décadas. Pero entre los temporeros y los emigrantes existe una diferencia importante que hace de los protagonistas de los dos fenómenos algo bien diferenciado. Ser temporero es una situación pasajera que no tiene por qué transformar la personalidad de quien ejerce de tal. Ser emigrante conlleva el desarraigo. De acuerdo con el Diccionario del Español Actual (Ramos y col. “el desarraigado carece de lazos afectivos que le liguen a un lugar o a un ambiente social”. Conozco varias personas, no relacionadas entre sí e incluso algunas extranjeras, que andan buscando alguna casa vieja por los pueblos del interior en donde instalar una vivienda de refugio para fines de semana o temporadas de descanso. En esos pueblos, casi abandonados hace años, se encuentra a gentes que emigraron hace mucho tiempo y que intentan comprar alguna propiedad en el lugar donde nacieron ellos o sus padres. Unos y otros están comprando raíces. A los que nacimos hace muchos años en Valencia, hijos también de valencianos, también nos gustaría encontrar esas raíces entre tanto escombro y construcción irreverentes contra la casi inexistente personalidad de nuestra ciudad; pero resulta muy difícil identificar los espacios en donde ubicar nuestros recuerdos infantiles callejeros; y esa es otra manera de sentir desarraigo a la vez que un poco de rencor contra esa ciudad que a nuestro pesar no conseguimos sentir como la nuestra. Y los inmigrantes que desde muy lejos se deciden a abandonarlo todo, a arriesgar toda una vida para aspirar a solo un poco de otra vida mejor.. ¿dónde dejan sus raíces?. En cada comunidad que genera emigración solo aquéllos quienes tienen más imaginación y valor (o al menos osadía) se atreven a emprender la peligrosa aventura del viaje sin retorno. Cada vez que parten, quienes abandonan su comunidad en busca de mejoras -o las más de las veces para escapar de algo insoportable- producen una descapitalización intelectual de la comunidad que abandonan. Y al recibirlos en las ciudades -en las que los ya vecinos no tenemos más mérito que el que nos proporcionó el azar por habernos puesto aquí primero- muchas veces les sobre explotamos o les concedemos formal y cínicamente el estatuto de “ilegales”. La ciudad de Valencia crece y crece sin que nadie sea capaz de explicar la justificación de ese crecimiento. Las nuevas habitaciones no están al alcance de la mayoría de los que aspiran a ser nuestros vecinos, mientras que decenas de miles de viviendas del centro urbano se arruinan sin que nadie las habite. Se invade la huerta en donde las “tribus marginadas a la fuerza” mantienen una actividad ejemplar, familiar, tradicional y altamente productiva que no está amenazada por estructuraciones industriales ni por riesgos de paro... Pero nadie tiene “a la ciudad en la cabeza”. Las ciudades crecen y crecen solo impulsadas por los vientos de la especulación más depredadora. Mientras se construye, el paro se reduce, los impuestos aumentan y el alquiler del dinero dinamiza la economía más procaz....¿Quién pierde en este juego? Y ¿hasta cuando?

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