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Publicat el 31 - 7 - 2005 a Levante - EMV
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10 años de “Salvems” (y muchos más)

José Albelda

Professor Universitat Politècnica de València

“Me complazco imaginándome un Estado, al fin, que puede permitirse el ser justo con todos los hombres y acordar a cada individuo el respeto debido a su vecino; que incluso no consideraría improcedente a su propio reposo el que unos cuantos decidieran vivir marginados, sin interferir con él ni acogerse a él, pero cumpliendo sus deberes de vecino y prójimo. Un estado que produjere esta clase de fruto y acertare a desprenderse de él tan pronto como hubiere madurado prepararía el camino hacia otro más perfecto y glorioso, que también he soñado, pero del que no se ha visto aún traza alguna.” Thoreau, H. D. (1817-1862); Del deber de la desobediencia civil, Parsifal ed., Barcelona, 1989.

Hace ya más de una década que un grupo muy heterogéneo de ciudadanos decidieron, ante el depredador afán urbanizador y la ausencia de voluntad política para evitarlo, movilizarse contra la construcción de “tres tristes torres” que habrían roto la armonía del conjunto arquitectónico del margen derecho del Turia, junto al jardín Botánico.

Debemos a este primer Salvem no sólo el impedir hasta la fecha un nuevo atentado urbanístico contra la zona intramuros de la ciudad, sino el haberse convertido en un importante referente para la recuperación de la lucha ciudadana contra la destrucción del territorio y la ciudad, reavivando una conciencia colectiva que andaba adormilada desde los tiempos de El Saler per al poble y El llit del Túria és nostre i el volem verd.

Las revueltas populares frente a las injusticias desmedidas no son una novedad, se han ido produciendo cíclicamente a lo largo de la historia. Sin embargo, encontramos en este caso algunas novedades dignas de resaltar. La gente de los Salvem nunca ha hecho uso de la violencia, aunque empresas e instituciones violentaran sus casas, sus huertos, su pasado. Por otra parte, en estos nuevos colectivos no encontramos sólo al “pueblo pobre y marginado” sino una rica heterogeneidad compuesta por campesinos o propietarios afectados trabajando codo con codo junto a profesores universitarios, sindicalistas de toda la vida, colectivos de jóvenes, algunos representantes de grupos políticos minoritarios, asociaciones de vecinos, militantes de diversas ONGs sociales y ecologistas, y demás ciudadanos que sencillamente ya no aceptaban tanto agravio. Eso sí, no hemos visto apenas dirigentes de los dos partidos políticos más votados –sobre todo de uno de ellos- ni tampoco líderes de nuestra religión mayoritaria, cuyo fundador siempre estuvo, por cierto, al lado del oprimido, no de los poderosos.

Diversidad social y creatividad sin límites. Esa creatividad que surge de lo más hondo de la necesidad humana, esa espontaneidad que abrazó manzanas enteras, pintó murales llenos de vida, incluso llevó la huerta a las puertas del ayuntamiento de Valencia y sigue convirtiendo, año tras año, el barrio del Cabanyal en una gran casa acogedora que abre sus puertas al arte, un arte que sabe por una vez no ser protagonista, sino convocarnos para admirar la nobleza sencilla de las casas y sus habitantes, de las pequeñas plazas y calles trazadas para contemplar el mar, no para inundarlo de coches.

Espontaneidad y lucha colectiva frente a la destrucción en nombre del progreso. Esa palabra ya chirría en nuestros oídos. No puede haber progreso cimentado sobre la destrucción del territorio, del equilibrio ecológico, del expolio del agua de los ríos, del arrasamiento de huertas milenarias, del derribo de barrios centenarios. No hay progreso si es a costa de hundir la vida de las personas, la memoria de un pueblo, la riqueza de un paisaje. Destrucción en nombre de la incuestionable plusvalía económica. ¿Para cuándo la plusvalía de la belleza imprescindible?

Durante este tiempo hemos defendido desde un pequeño jardín, a toda la huerta periurbana de Valencia. Lo pequeño y lo grande; aquí sí que no importa el tamaño, es una cuestión de principios: nos alineamos en el bando que consideramos moralmente correcto.

¿Cómo les ha ido a los Salvem en estos 10 años?

Hubo batallas que se perdieron –ya no tenemos la huerta de La Punta, por ejemplo-, en otros casos se minimizaron los daños o se siguen atrasando las actuaciones. También se han dado victorias completas. Pero sería un error aplicar el baremo del éxito o el fracaso sólo en función de la preservación final de un paisaje, un barrio, una huerta. El mero hecho de unirse colectivamente en los tiempos de la individualidad dominante, aplicando el deber de la desobediencia civil frente a la irracionalidad de algunas leyes -como ya apuntaba Thoreau en el siglo XIX-, es de por sí todo un éxito. Si se consigue el objetivo final, tanto mejor, pero lo importante es mantener nuestra dignidad como personas, no ceder a la tentación de creer que todo está perdido de antemano.

Tras estos diez años de intensa actividad procede hacer una reflexión. Quizá interese tender a estructuras más estables, con capacidad para prever y mantener la defensa de un determinado objetivo durante un tiempo dilatado, en la línea de la evolución de Per l'horta, Salvem el Botànic, recuperem ciutat o Xúquer viu. Un modelo de estructura en red donde pueda darse el apoyo mutuo, a la vez que se interpela a los partidos que se dicen sociales para que recuperen la función que en su origen les dio sentido, por encima de coyunturas políticas concretas o intereses a cuatro años vista.

Y mientras tanto, a seguir defendiendo colectivamente el bien común a través del principio de la solidaridad, porque lo que a uno afecta en mucho a todos nos afecta en algo.

Vayan estas palabras para todos aquellos que han participado en esta revuelta espontánea, creativa y pacífica contra la sinrazón, a favor de la cultura y la sostenibilidad, luchando por salvar la belleza y la identidad de nuestra tierra.

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