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La resaca de las elecciones

Emèrit Bono

Emèrit Bono

Catedràtic de Política Econòmica

Quiero utilizar las elecciones últimas como pretexto para hacer alguna que otra reflexión. No voy a hacer análisis alguno sobre los votos y su significado. Esa tarea la dejo a los partidos y a la Presidencia de la Generalidad y sus aledaños (Josep M. Felip, V. Franch, etc.), expertos en lo que parece “políticamente más conveniente”.

Y para que no haya trampa ni cartón, yo soy de los que piensan, como dice el historiador G. Eley, que “a menos que las cuestiones relativas a la justicia social se eliminen definitivamente del programa político, y a menos que el capitalismo acabe inmunizándose contra las críticas éticas e igualitarias –dos condiciones que en la actualidad están peligrosamente cerca–, los argumentos socialistas seguirán siendo de la mayor importancia para las esperanzas democráticas radicales”. Por supuesto, con el “nihil obstat” del Sr. Aznar a la palabra radical.

La primera reflexión es la evidente victoria, políticamente hablando, de las políticas populistas y, en muchos casos, clientelares que se han dado en estas elecciones autonómicas. Cuando hablo de populismo me refiero a la utilización de medias verdades, a la ocultación de hechos importantes que cualquier votante debe conocer y sopesar. Por ejemplo, a la utilización del PHN, del “agua para todos”, ocultando el precio de la misma que tendrán que pagar los usuarios, los problemas de los depósitos de almacenamiento (donde se van a utilizar), el tipo de calidad del agua, etc. Extremos que, a mi juicio, el político está obligado a explicitar, pues en caso contrario, engaña. Populismo es decir que “vamos a aumentar la seguridad de las ciudades y al mismo tiempo disminuir los impuestos”, no indicando como se va a financiar aquella seguridad. O utilizar el Consejo de Ministros para aprobar planes de vivienda de VPO, cuando en los últimos años, casi ocho años, apenas se ha hecho nada. En fin, aceptar aquello de que “todo está justificado con tal de ganar”. O sea, que el fin (ganar) justifica los medios, cuando tendría que ser al revés, que los medios (las VPO) justificaran el fin (la victoria electoral). De todos modos, el populismo sin el soporte mediático es casi imposible.

No soy tan ingenuo para pensar que todos los partidos en una confrontación electoral no utilizan la demagogia populista. El problema es el grado, cuestión de matiz importante (en la democracia, el matiz es básico). En cualquier caso esa política populista y clientelar (esto último se puede ver bien en Galicia, aunque no sólo allí) ha llevado a la victoria al PP en la Comunidad Valenciana, en las Baleares y en Murcia. En Castilla-La Mancha, en Extremadura (con matices en este caso) y en Aragón (“el agua del Ebro es nuestra”) ganó el PSOE. Tan es así que ese populismo a ras de tierra le ha dado la victoria, personalmente, a Zaplana (Camps, designado por Zaplana, tendrá que ganar las próximas) no sólo en la C.V., sino en Baleares y Murcia (desde aquí le felicito, a Zaplana, claro), a Ruiz Gallardón en Madrid y a J. Bono, en Castilla-La Mancha. Gráficamente podríamos decir que, quizá para algunos, Ruiz Gallardón y Bono (el caladero de los votos socialistas está en el centro... quizá en la derecha) son, en cierta medida, intercambiables, pueden estar en casi cualquier partido político. Esta es mi impresión y con todos los respetos a cada uno de ellos.

Frente a la política del corto plazo, de ganar las elecciones como sea, los políticos de izquierdas (los de derechas están demasiado pendientes de los negocios) creo que han de tener una perspectiva más a largo plazo, de dinamizar y profundizar la propia democracia. Para ello sería conveniente fomentar la creación de comunidades cívicas “recogiendo el guante del republicanismo moderno”. Estas comunidades estarían caracterizadas por un compromiso cívico (preocupación por la cosa pública), igualdad política (relaciones horizontales de cooperación y reciprocidad) y una actitud solidaria, de confianza y tolerancia. Ciertamente, en la C.V. ya hay asociaciones como las ONGs, cooperativas, etc., que constituyen auténticas redes de compromiso cívico, pero son pocas en comparación con el País Vasco, Navarra, La Rioja, Aragón y Cataluña. A este respecto, hay un dato que merece la pena destacar. En cuanto a las asociaciones filantrópicas y asistenciales que manifiestan la capacidad de darse a los demás y, por tanto, generan bienes públicos, la C.V. es la cuarta por la cola (2,47 asociaciones por cada 10.000 hab.), lo que denota el carácter individualista (yo diría “meninfotista”) de los valencianos.

A mi juicio, la izquierda tiene que apostar por impulsar, desde el poder o la oposición, este proceso de vínculos de compromiso cívico como una red de conexión de la sociedad civil, que genere ciudadanía activa, potente y libre, huyendo de cualquier tipo de intromisión. Esta es una política a medio y largo plazo, poco vistosa, pero que constituye el único antídoto que conozco al populismo, quién, por el contrario, tenderá a crear “comunidades mecánicas” que funcionen jerárquicamente y que se muevan sólo por incentivos económicos.

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