Qui som Accés als nostres articles Materials i documents Fòrums de debat Contacta amb el col·lectiu Enllaços que recomanem Índex del web Convocatòries, mogudes, manis, activitats...
[cap convocatòria]
Imatge bus
Els nostres articles en publicats en premsa
Publicat el 28 - 12 - 2001 a Levante - EMV
Descarrega l'article

Los colores del Mediterráneo

Ricardo Almenar

Biòleg i consultor en Desenvolupament Sostenible

En consonancia con su situación de primer destino turístico del mundo, el Mediterráneo recibirá este verano decenas de millones de visitantes internacionales. La mayoría provendrá del continente europeo: turistas procedentes de Centroeuropa, las Islas Británicas o la Europa del Este. Con mayor o menor intensidad y durante estas próximas semanas, el Mediterráneo pasará a formar parte de sus vivencias.

Es verdad que una parte de ellos apenas se enterará que ha llegado al Mediterráneo, esa peculiar región planetaria constituida por un mar rodeado de tierras. Entre efluvios alcohólicos, sexo compulsivo, decibelios sonoros y drogas de diseño, el Mediterráneo quedará reducido a mero envoltorio luminoso, cálido y acuoso. Este tipo de turista, caso de guardar de su visita algún recuerdo cromático, será algo así como las aureolas multicolores de un foco de discoteca, potenciadas por una pastilla de éxtasis. Al final, volverá a su país de origen más bien agotado, homogéneamente quemado y algo más sordo; en suma, en estado satisfactorio para reemprender, tras el paréntesis vacacional, su vida habitual allá. Aquí, su estancia servirá para amortizar ladrillos, bajar cifras del paro, justificar infraestructuras y alimentar interesados discursos sobre las bondades de Benidorm o Lloret de Mar.

Afortunadamente, otros muchos turistas sí alcanzarán a distinguir algo, por otra parte, bien fácil de captar: la particular identidad cromática del Mediterráneo, los colores dominantes de un extremo a otro de la Cuenca Mediterránea. Están ahí a poco que el turista sortee la habitual acumulación costera de edificios, viales, aparcamientos, sombrillas y embarcaciones. Porque los colores del Mediterráneo consiguen llamar la atención –y también movilizar la sensibilidad- del visitante centro y nordeuropeo: un cielo azul, un mar aún más azul, una vegetación de un verde característico, unas tierras las más de las veces claras. Les sucedió igual a célebres precursores de idéntica procedencia: a Byron en las islas griegas, a Goethe en la Italia peninsular, a Van Gogh en la Provenza. Como ellos, el turista contemporáneo descubre primeramente la originalidad cromática mediterránea, tan distinta a la que prevalece en el resto del continente europeo, para seguidamente y al menos en algún grado, convertir la mera percepción en emoción estética.

Muy pocos de esos turistas sensibles a los colores del Mediterráneo, sin embargo, se dan también cuenta del significado ecológico que pose esa reducida gama cromática de azules, verdes y colores tierra claros. Los oriundos, tampoco. Y, sin embargo, los colores del Mediterráneo son certeros indicadores de su realidad ecológica subyacente. En concreto, muestran la existencia de un conjunto de limitantes que afectan de lleno a la productividad de sus grandes sistemas ecológicos: mares, suelos, bosques y áreas de cultivo.

Unas aguas transparentes, intensamente azuladas cuando alcanzan cierta profundidad, sólo revelan pobreza, escasez. Escasez de nutrientes, como nitratos y fosfatos, lo cual conlleva una relativa pobreza de fitoplancton que se traduce también en el resto de eslabones de la cadena trófica, desde el zooplancton hasta los grandes peces y mamíferos marinos. Por eso, las sardinas del Mediterráneo son bastante más pequeñas que las del Atlántico, si bien más magras –la grasa es signo de abundancia- y de sabor más delicado. Por lo mismo, el Mediterráneo, como se ha señalado reiteradamente, es “un buen mar para turistas, pero un mal mar para pescadores”. Especialmente en el periodo estival, justo cuando unas aguas transparentes por pobres, atraen con fuerza a unos haciendo más difícil el oficio de los otros.

De otro lado, un cielo habitualmente azul señala dos cosas: ausencia de nubes y abundancia de radiación solar. Lo primero implica escasas cuando no inexistentes precipitaciones; lo segundo, un elevado potencial de evaporación y transpiración del agua retenida por el suelo y la vegetación. Si en el mar es la exigüidad de nutrientes lo que limita fuertemente la productividad, en tierra es la ausencia de agua; la radiación solar, en cambio, no hace casi nunca de limitante. Algo de pleno agrado del turista que así puede mejor satisfacer sus ansias de bronceado.

Los suelos generalmente claros de las tierras mediterráneas son también manifestación de pobreza; esta vez de falta de materia orgánica. Y esa escasez de materia orgánica incide directamente en la principal característica de los suelos en relación a las plantas, espontáneas o cultivadas: su carácter de almacén hídrico y nutritivo. Así, la mayoría de los suelos mediterráneos cumplen menos adecuadamente esta función básica para el crecimiento vegetal que los típicos de Centroeuropa o de Europa Oriental, alimentados durante siglos por la humificación de la hojarasca de bosques caducifolios o la descomposición, año tras año, de herbáceas de praderas y estepas. Los suelos claros no son más acogedores que los oscuros, sino más hosti-les; así lo comprendieron muchos de los primeros pueblos neolíticos de Europa, para quienes el negro era color de vida y el blanco de muerte.

A diferencia de otras formaciones vegetales siempre verdes –como el bosque ecuatorial, de vivo color verde esmeralda- el color de bosques y matorrales mediterráneos es bastante más apagado. Es ese verde oliva –o verde encina, o verde algarrobo-, tan manifiesto en aquellas áreas en que las formaciones vegetales más genuinamente mediterráneas todavía dominan el paisaje. Las hojas de los árboles y arbustos mediterráneos tienden a ser esclerófilas, o sea duras y coriáceas, al estar provistas de gruesas cutículas con la finalidad de impedir las pérdidas de agua. Esto las hace muy opacas a la luz, obligando a que las células fotosintetizadoras que se encuentran debajo de esas cutículas tengan que poseer elevadas concentraciones de clorofila (hasta el doble de las que tienen las hojas de los árboles de hoja caduca) para compensar, con la abundancia de este pigmento verde, la merma en la radiación solar que hasta ellas llega. Por tanto, ese color verde, un tanto oscuro, de la vegetación mediterránea, es resultado directo de la abundancia de clorofila; abundancia, sin embargo, que no es sino una respuesta de los vegetales a la escasez de agua.

Así pues, los colores dominantes en la Cuenca Mediterránea, desde la Península Ibérica hasta Anatolia, son algo más que colores. Son indicadores cromáticos que nos hablan de limitantes ecológicos y consecuentemente, de techos productivos: peces más pequeños, menos madera, menor producción de grano. Pero de igual modo que el carácter limitante del mundo mediterráneo que revelan no quita un ápice de la peculiar belleza que su contemplación inspira, el reconocimiento de las limitaciones de la Naturaleza mediterránea no ha parecido suponer una cortapisa al florecimiento de la vida y de la cultura humanas. Al contrario, es como si la relativa modestia productiva de mares y tierras mediterráneas, y también la relativa frugalidad de las economías humanas que sobre unos y otras se han sustentado, lejos de suponer una importante restricción a las posibilidades de ese florecimiento vital y cultural de las gentes del Mediterráneo, las hubieran facilitado. Nikos Kazantzakis expuso esto en uno de sus poemas: “Se diría que aquí, en Grecia, el milagro es la flor inevitable de la necesidad”. Milagro es, por ejemplo, discutir sobre el cambio y la permanencia o sobre la ley y la virtud en el ágora de Atenas, mientras quienes así platican van vaciando, parsimoniosamente, la bolsa que llevan de aceitunas. El humilde fruto de esos olivos que Atenea enseñó a sus protegidos a cultivar...

Las economías mediterráneas del pasado nunca llegaron a generar grandes excedentes; la idea de una producción –y de un consumo- continuadamente crecientes es ajena a la Weltanschauung mediterránea; hubiera sido considerada una forma de desmesura –propia de bárbaros- en la Grecia clásica. Formar y mantener la única economía holomediterránea que ha existido a lo largo de la historia –el imperio romano- requirió de las extraordinarias dotes organizativas de Roma –amén de considerables dosis de brutalidad-, a fin de explotar hasta el último palmo del orbis romanus. Ciudades posteriores como Bizancio o Venecia debieron su esplendor al monopolio de la ruta de la seda o de las especias, ejes comerciales que conectaban Oriente con un Occidente ya en su mayor parte extramediterráneo. Ni la economía transoceánica formada tras las grandes expediciones europeas de los siglos XV y XVI, ni la revolución industrial posterior, ni la sociedad de la información de hoy, han sido inventos mediterráneos, por más que todas ellas hayan aprovechado contribuciones nacidas en las orillas del Mare Nostrum. Hace ya bastantes siglos, que ni siquiera para los europeos, el Mediterráneo es el centro del mundo conocido...

Y pese a todo, ese mundo mediterráneo volcado sobre sí mismo puede actualmente aportar algo del todo punto fundamental. Algo que incluso puede ser aprehendido por el anónimo turista septentrional, a partir del descubrimiento, percepción y comprensión del sentido último de los colores mediterráneos. Del mismo modo que la dieta mediterránea no es simplemente una dieta, sino un estilo de vida y de igual forma que el saber vivir mediterráneo no es una mera actitud vital, sino toda una visión del mundo, la asunción explícita de la existencia de límites que históricamente los pueblos mediterráneos han incorporado a su acervo cultural, resulta hoy un precioso legado. Hace una generación, el sociólogo Philip Rieff lo señaló de forma muy clara: “Todas las culturas clásicas [...], las culturas que en último término derivan de Atenas y Jerusalén [...], han establecido ciertos límites, han desarrollado determinadas mitologías de esos límites y han organizado sus actividades en torno a ellos y dentro de ellos. Lo que es característico de la revolución cultural de la modernidad, a la que la tecnología ha contribuido de una forma única... es el abandono de los límites, a los que ahora estamos retornando”.

El turismo de masas constituye un fiel exponente de esa modernidad a que se refiere Rieff. Pero incluso inmersos en él, hombres y mujeres venidos de otras tierras más o menos distantes, pueden percibir colores y sentir emociones, descubrir limitantes y analizar su sentido, reflexionar sobre ello y construir otras opciones de las que dominan un presente que huye cada vez más rápido hacia el futuro. Una mirada al Mediterráneo permite todo ello. Utilizando la conocida expresión de Paul Balta, el Mediterráneo ha de ser reinventado; no, evidentemente, como espacio geográfico o región ecológica, sino como hito económico y cultural. El Mediterráneo lleva décadas desmediterraneizándose y, sin embargo, la paradoja estriba en que en estos inicios del siglo XXI es el mundo en su conjunto el que precisa ser mediterraneizado. Aunque sólo uno de los muchos millones de turistas que recalen este verano en nuestras costas (o de los millones de residentes que en ellas vivimos todo el año), llegara a esta conclusión, el Mediterráneo habrá cumplido su cometido como referente.

envia correuComentaris dels lectors sobre l'article

Els lectors encara no han opinat sobre aquest article.

ComentaComenta aquest article
Nom
Adreça electrònica
Mostra l'adreça
Des de
captcha
Codi de confirmació    [genera'n un de diferent]
Aquest codi és per a impedir la introducció automàtica de publicitat. Introduïu-lo tal i com el veieu a la imatge.
Comentari
       
Webmaster: Pere Pasqual Pérez