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Publicat el 25 - 11 - 2007 a Levante - EMV
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Pequeños hermanos

Pura Duart

Professora de Sociologia. Universitat de València

«Sin embargo, asistimos estupefactos, tras este nuevo y horrendo asesinato neonazi a observar que no pocas opiniones se centran en criminalizar a la víctima y en el colmo de la indecencia, algunos casos lo describen como lógico. Observamos como se banalizan las agresiones, se resta importancia a su reiteración y se falta a la verdad al insistir en el discurso de “los episodios aislados” y de confrontación entre “tribus juveniles”. Finalmente y en pleno desconcierto ético, escuchamos con qué desparpajo se formula la equidistancia entre víctimas y verdugos; como, sin vergüenza alguna, lo que nunca sucedería en la Europa que venció al horror, se equipara al neonazismo con el antifascismo, olvidando algo tan elemental, como que no habría reacción ciudadana, si no hubiera fascismo».
Esteban Ibarra. Presidente de Movimiento contra la Intolerancia.

El último Informe Raxen (acrónimo de racismo y xenofobia) del Movimiento contra la Intolerancia advierte que en la Comunitat Valenciana, con una población mucho menor que la de otras comunidades, se han producido en los últimos cinco años más agresiones xenófobas que en ninguna otra autonomía, así como muchos otros ‘delitos de odio’, insultos, ataques, amenazas y apología de la violencia o concentraciones ultraderechistas en las que se vincula la inmigración a la delincuencia.

En la sociedad gobernada por la lógica del mercado, el mundo del desconcierto ético, a medida que crece la desigualdad, real y simbólica, más asimétricas se muestran las formas legitimadas de nombrar. A la diferencia galopante en los medios materiales se suma la de las formas de representar, de significar. Una de las más eficaces, si no la hegemónica en estos tiempos, es la del ultracentrismo. Quienes hacen centro con el peso del poder acumulado, gracias al reparto desigual, refuerzan su posición de privilegio -’neutral y objetivo’- situándose discursivamente en el medio, ‘ni con unos ni con otros’, desplazando a los otros a la lejanía equidistante de los ‘extremistas de uno y otro signo’. Esta versión idílico-equilibrante de la realidad refuerza el poder de quienes se separan para mejor mandar mediante las trampas del lenguaje.

La industria de la opinión, cada vez en manos de menos y cada vez más dirigida a la obtención de beneficios, contribuye a este estallido multiverso o cacofonía, según donde nos ubiquemos en el eje de la tensión. Así, a los menesterosos se los considera siempre demasiados -los otros son siempre muchos-: una invasión, oleada o avalancha.

La condición de extranjero no es natural ni consecuencia del nacimiento. Para que alguien sea señalado como extraño no es necesario que proceda de otro lugar, como prueba la historia de los judíos, varias veces convertidos en enemigos de imperios y patrias, o como muestran con cinismo tantas medidas desreguladoras que legitiman la libre circulación de mercancías. A la construcción social de la ‘extranjería’ se contribuye con medidas como la ‘tarjeta azul’ (¿harán una roja para los expulsados-repatriados?) que la UE ha inventando para marcar a quienes tienen valor en este mercado. Las categorías para extranjerizar hoy se elaboran a partir de criterios burocráticos, llamando a quienes se ven forzados a desplazarse ‘ilegales’ o ‘irregulares’ y encubriendo su encierro fuera de la ley con el camuflaje verbal de la ‘detención temporal’. A medida que los estados pierden bienestar ganan inseguridad social.

Las empresas que fabrican acontecimientos de usar y tirar producen sucesos fáciles de consumir, cuyos restos puedan alinearse con sus intereses -eventos efímeros, opiniones desechables-. Como la cita del encabezamiento explica con precisión (y sólo un periódico, que yo sepa, se ha disculpado) la mayor parte de los llamados medios han descrito el asesinato de Carlos Palomino utilizando términos como ‘reyerta’ o ‘bandas de radicales’. A medida que aumenta la dependencia de los bloques mediáticos más mecánica se vuelve la descalificación de ciertas prácticas, como la de manifestarse sin tener papeles, amenazada por la desautorización de la disidencia, y más exótica se torna la posibilidad de presionar verbalmente contra algunas formas protegidas de agredir.

Los trabajos se fragmentan, los salarios disminuyen, pero los más ricos, cuando se les va la mano y descalabran alguna Bolsa, son auxiliados con los fondos públicos, procedentes en su mayoría de los bolsillos menguados. Este ‘juego’ se juega con las cartas marcadas. La distancia se transforma en brecha entre ganadores y perdedores. Sabemos que muchas de las empresas que cotizan en el Ibex (BBVA, Telefónica, Repsol...) engañan, dentro o fuera de la ley, al Estado -¿deberíamos decir nación, patria, pueblo...?- deslocalizando negocios mas o menos turbios. Algunas de estas, como el ala radical del ladrillo, son regresivas y antisociales, puesto que desconocen incluso el deber de la reciprocidad y, aunque buena parte de sus ganancias proceden de obras -terrenos, legislaciones, urbanizaciones...- públicas, no están dispuestas a agradecer siquiera pagando algunos impuestos. ¿Para cuándo señalarles como ‘bandas’ o ‘mafias’?

En Madrid, días atrás, unos y unas rapados patearon a unos vendedores ambulantes mientras, como si hubiesen aprendido a manejar la confusión del ambiente, gritaban ‘rojos fuera’. Tal vez sus palabras sean no tanto desparpajo como un síntoma del delirio que circula por las redes impulsado por los ‘pequeños hermanos’.

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