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Publicat el 20 - 1 - 2013 a Levante - EMV
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La crisis, el capitalismo

José Albelda

Professor Universitat Politècnica de València

Últimamente parece que cuando hablamos de la superación de la crisis económica que ha devastado nuestro país y medio sur de Europa, ya ni siquiera nos planteamos los motivos profundos que la han propiciado. De hecho, casi no hallamos mención a la crítica al capitalismo que sí alentó los primeros análisis allá por el 2008, cuando se hablaba, quizás un tanto ingenuamente, de "refundar el capitalismo" que fue su principal causante. Cinco años después, habría que prevenirse de nuestra conocida tendencia al autoengaño, que en su momento nos impidió ver la enorme burbuja financiera e inmobiliaria que estaba a punto de explotar ante nuestros ojos. Porque ¿cuánto pensábamos que aguantaría la bonanza del ladrillo que crecía a costa de destruir la belleza del paisaje, agotar los recursos hídricos y arrasar suelo productivo diseminando horribles plantaciones de bloques y adosadas? ¿de verdad se creía posible una estabilidad del mercado laboral de 40 años, los necesarios para acabar de pagar las desorbitadas hipotecas de los tiempos de la burbuja? No, claro que no. Pero nos encanta engañarnos, dejar que nuestros sueños se pueblen de promesas tan gratas como imposibles de mantener a largo plazo. Sin embargo, una vez roto el cántaro del cuento de la lechera, no procede buscar alguna otra fábula que nos encandile al estilo de Eurovegas; más bien reconsiderar cómo podemos, precisamente, no regresar al comienzo de la misma historia, ahora con un cántaro más modesto y menos leche para derramar la próxima vez.

El reto estriba en aprender de la experiencia, y para ello la primera clave sería avanzar hacia una mayor regulación de la economía, primando su dimensión productiva sobre la especulativa, y previniendo sus posibles efectos adversos a medio y largo plazo. Algo que es sustancialmente opuesto a la naturaleza del todopoderoso capitalismo, lo cual nos anima todavía más a profundizar en la crítica del modelo neoliberal. Quizás sin prometer las bondades de su antítesis, sino más bien explorando el amplio territorio intermedio entre el capitalismo extremo y el radical comunismo, nada útiles, según la historia nos ha ido demostrado, como modelos de bienestar social. Trabajar, pues, por el bien común desde una economía sustentable, rescatando paulatinamente al estado de la banda de liquidadores que ahora lo están troceando, como si de un mero reajuste del capital se tratase. La empresa no es en absoluto fácil, pues el capitalismo global ha perfeccionado enormemente su maquinaria de poder sobre los países y sobre la cosmovisión de los ciudadanos en el diseño de lo deseable. Pero lo contrario, dejar que el capitalismo neoliberal se naturalice como inevitable, como el único modelo posible a pesar de sus defectos, es asentar las bases para un nuevo sueño que necesariamente acabará en pesadilla. Todo depende de qué cualidades de lo humano potenciemos, cuáles utilicemos como matriz en la educación y como ejemplo de éxito.

Tenemos, pues, una ardua tarea por delante, que no tiene que ver sólo con la recuperación de la economía, sino con la reconstrucción ética del imaginario colectivo, potenciando el cuidado de lo común en el seno de una biosfera limitada en recursos. Una tarea que debería comenzar por recuperar la ejemplaridad de los propios actores políticos. A ese respecto, nada mejor que traer a colación algún ejemplo esperanzador: en Uruguay el presidente electo, José Múgica, decidió seguir viviendo en su pequeña casa de unos 50 m2, y limitar su sueldo mensual a mil euros, para que al menos no supere el de la clase media del país. Sin irnos tan lejos ni tan hacia lo extremo, hace poco tiempo escuché al alcalde de Burjassot explicar ilusionado el proyecto de su ayuntamiento para promover huertos vecinales, en un encuentro en Valencia al que acudió desde su pueblo en bicicleta. A esa ejemplaridad cercana, no necesariamente heroica ni excepcional, me refiero. Las crisis traen siempre oportunidad de cambio, nos permiten, desde un cierto desencanto y desarraigo, reenfocar la mirada y el sentido de nuestro esfuerzo colectivo. Comencemos por creer en la posibilidad de un cambio de rumbo, distanciándonos del que nos ha embelesado y hundido, en lugar de ponernos a inflar una nueva pompa de jabón, grande y brillante, quizás con algún nuevo matiz de color.

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