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Publicat el 4 - 11 - 2001 a Diari Levante - EMV
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La OTAN planea sobre Bétera

José Albelda

Professor Universitat Politècnica de València

Uno de los argumentos más socorridos a la hora de intentar vender al público proyectos de grandes infraestructuras o instalaciones que generan rechazo, es el llamado interés general. Amparados bajo tan respetable principio, aunque un pantano anegue los hermosos valles de nuestra infancia, o un complejo industrial destruya una huerta milenaria, todo ello debe aceptarse en aras del interés de no se sabe bien qué mayoría. Es de suponer que la nueva amenaza que sobre nosotros planea, la candidatura elevada por el Gobierno para que la actual base militar Jaume I de Bétera se convierta en Cuartel General de las Fuerzas de Alta Disponibilidad de la OTAN, se nos presente desde similares perspectivas de alto beneficio mayoritario. Es más, cabe esperar que se refuerce con los consabidos augurios sobre un mayor desarrollo de la comarca, mejora de infraestructuras e, incluso, una mejor defensa del territorio. Argumentos que, sin embargo, no parece que hayan convencido a los habitantes del lugar, que ya andan con una plataforma ciudadana anti-base; ni tan siquiera a su consistorio, que el pasado mes de julio aprobó una moción en la que se pedía al Gobierno la retirada de la citada candidatura.

Al hilo de todo esto surgen una vez más las siguientes reflexiones: ¿es lícito, desde la razón común, que el gobierno pueda disponer del territorio y ubicar en él instalaciones non gratas sin contar con la aprobación de los que allí viven? ¿Quién está realmente interesado cuando se habla de interés general? O incluso: ¿son realmente necesarias estas instalaciones? ¿en función de qué política de defensa, de qué concepción del mundo? Parece ser que los gobiernos europeos han entrado en una desbocada competición por mostrar su interés y disponibilidad para todo lo que tenga que ver con la todopoderosa OTAN. De hecho, los gobiernos de Holanda, Reino Unido, Alemania, Italia y Turquía también aspiran a acoger en su territorio el citado Cuartel de Intervención Rápida. Pero frente a este interés de los que nos gobiernan, hay que recordar la reticencia de los votantes en el referendum del 86, en el que se excluyó la integración del estado español en su estructura militar. La Alianza, no lo olvidemos, no despierta simpatías unánimes en todo el mundo. Todo lo contrario. No es precisamente un ONG humanitaria, sino una poderosa estructura bélica creada, principalmente, para defender la hegemonía de los países que la integran, unidos por lazos culturales y, sobre todo, económicos. Tener una base de la OTAN en nuestro territorio, cerca de núcleos densamente poblados, no parece ser, desde luego, un proyecto muy atractivo. Desde el punto de vista logístico, no supone, es obvio, una mejor defensa, sino un perfecto blanco de posibles ataques. Como hemos podido comprobar en todas las acciones militares que han sacudido recientemente al mundo -algunas llevadas a cabo por la OTAN-, las bases militares y los centros de mando son siempre los primeros objetivos estratégicos que se intentan destruir.

Por otra parte, muchos estamos en contra de la decidida apuesta por un modelo de defensa basado en el incremento de las instalaciones  militares y el gasto en armamento. ¿Para qué tanta militarización, cuando no existe enemigo que pueda aproximarse al poder destructor de la OTAN y del ejército de EE.UU.? Por desgracia ya sabemos que los ejércitos resultan inútiles cuando se trata de combatir determinadas formas de violencia que no se expresan según las pautas de las guerras convencionales. Se ha dicho repetidamente: la prevención de conflictos pasa necesariamente por un reequilibrio de las relaciones internacionales que contemple la autodeterminación de los pueblos, el respeto intercultural y religioso, y una decidida apuesta económica por el desarrollo de los países empobrecidos.

Desoyendo estos argumentos razonables, las estructuras militares tienden, como cualquier otro poderoso sector industrial, a crecer exponencialmente. Hay autores que afirman que el magno proyecto de escudo antimisiles de la administración Bush no obedece tanto a necesidades reales de defensa, como a presiones del propio pentágono y de los fabricantes de tecnología militar, llevados por el común deseo de conseguir un mayor presupuesto para su sector. Por lo demás, se nos dice para tranquilizarnos que va a ser un centro de coordinación que albergará principalmente mandos, y no una base de entrenamiento o acuartelamiento de fuerzas de intervención. Pero, ¿quién garantiza la evolución de la base una vez creada, y más si contemplamos el valor estratégico de su emplazamiento en relación al arco mediterráneo?

Queda un año para que la Alianza decida la ubicación definitiva del polémico cuartel. Los que ilusionadamente defienden la candidatura no van a vivir al lado de la base. Los que sí habitamos en la comarca tenemos el mismo tiempo para reivindicar una sierra calderona tranquila, a resguardo de azañas bélicas. Ahora que ya se fueron los ruidosos y golpistas tanques de ataño, que no compitan con el bosque nuevas estructuras militares en aras del llamado interés general.

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