Qui som Accés als nostres articles Materials i documents Fòrums de debat Contacta amb el col·lectiu Enllaços que recomanem Índex del web Convocatòries, mogudes, manis, activitats...
[cap convocatòria]
Imatge bus
Els nostres articles en publicats en premsa
Publicat el 9 - 2 - 2003 a Diari Levante - EMV
Descarrega l'article

Tambores de guerra

José Albelda

Professor Universitat Politècnica de València

(...) como no puede concebirse, por el contrario, una guerra de castigo entre Estados - bellum punitivum - (pues no se da entre ellos la relación de un superior a un inferior). De todo ello se sigue que una guerra de exterminio, en la que puede producirse la desaparición de ambas partes y, por tanto, de todo derecho, sólo posibilitaría la paz perpetua sobre el gran cementerio de la especie humana. No puede, pues, permitirse ni una guerra semejante ni el uso de los medios conducentes a ella. I. Kant ( hacia la paz perpetua ).
En la década de los sesenta se realizó en la universidad de Yale un interesante experimento sobre la obediencia a la autoridad. Resultó muy polémico, no tanto por el engaño que llevaba implícito, cuanto por los aspectos intranquilizantes que sobre la naturaleza humana nos desvelaba. Los científicos explicaban a los voluntarios que se trataba de comprobar la utilidad del castigo en los procesos de memorización. Los participantes debían accionar un mando que producía descargas eléctricas a un supuesto aprendiz cuando éste se equivocaba. A pesar de que el aprendiz gritaba y pedía que no se siguiera, los participantes casi siempre obedecían al científico responsable, pues mover el mando que infligía dolor era el comportamiento adecuado para la correcta progresión del experimento. Aunque los participantes veían cómo aumentaba su tensión y sus dudas, continuaban obedeciendo a la autoridad. El dolor fue simulado en ese caso, pero el comportamiento humano ante el mismo era absolutamente verídico. Contra toda lógica, incluso frente al sufrimiento humano evidente, el principio de la obediencia ante el poder, ante aquél que dirige el curso de los acontecimientos, es absolutamente dominante. Sin embargo, en lo que ahora se cierne sobre nosotros no hay simulación posible, y la obediencia ciega a la que culturalmente tendemos, la que desvela este experimento de una forma tan cruda, debe ser contestada.

La administración Bush no respeta el derecho internacional ni ha esperado a conocer las decisiones de la O.N.U. para desplegar miles de soldados cargados con armas de destrucción masiva, amenazando tanto a Iraq como al equilibrio mundial. Numerosos especialistas independientes nos han aclarado que las razones que EE.UU. aduce no son creíbles y, desde luego, nunca justificarían una guerra preventiva. Cada vez son más sólidas las tesis que afirman que la citada campaña se apoya en la necesidad de continuar con una tensión exterior que distraiga a la opinión pública estadounidense de sus crecientes problemas de economía interna. A su vez, una guerra exitosa reafirmaría el control geoestratégico sobre una zona clave y aseguraría el suministro de petróleo de fácil acceso para EE.UU. y sus aliados en las próximas décadas. Una vez más el petróleo, el combustible fósil que está destruyendo lentamente el equilibrio en la biosfera, nos llama a destruirnos más rápidamente entre nosotros.
 
Dada la gravedad del momento, deberíamos desviar la mirada hacia la historia, para comprender hacia dónde nos conduce la inercia de aceptar la escalada bélica que ahora se nos prepara. Recordemos que los totalitarismos del siglo pasado se fueron cimentando en el silencio y la pasividad de una mayoría que no compartía sus objetivos, pero que no se atrevió a cuestionar lo que finalmente acabó en desastre. La supuesta seguridad adquirida a cambio del vergonzoso silencio no evitó, sin embargo, compartir después el remordimiento ante el horror o las represalias de los vencidos que acabaron siendo vencedores. Mientras tanto, en la O.N.U., el tapiz que reproducía el Guernica de Picasso ha sido ocultado tras una cortina azul, un fondo más adecuado para el discurso de Colin Powell que una obra emblemática que nos recordaba a toda la humanidad las consecuencias de la guerra.

Precisamente porque somos hijos de la historia y atendiendo a las últimas encuestas que confirman que el ochenta por ciento de la población europea está en contra de esta guerra, moralmente no debemos apoyar una iniciativa que se aleja de lo razonable  y de la voluntad mayoritaria. Este planteamiento no tiene que ver con una determinada ideología política o religiosa. Se fundamenta en el deseo de acatar la legalidad consensuada internacionalmente y, más todavía, en el máximo respeto por la vida humana por encima de cualquier interés geoestratégico. Una vez más, el silencio y la pasividad nos convertirían en cómplices. La inercia que nos lleva a asistir al espectáculo de los preparativos con la sensación de lo inevitable, como afirmaba Argullol, no es más que un autoengaño. Nada es inevitable excepto lo que se consiente que sea. Estamos entrando en uno de esos aciagos momentos donde cabe priorizar la urgencia del interés común sobre los afanes que individualmente nos ocupan. Thoreau hablaba de la desobediencia consciente como uno de los principales frutos de la moral, una respuesta necesaria frente al sometimiento vinculante a unas decisiones que otros toman por nosotros.

No se trata de una actitud fácil, porque hemos sido educados en la obediencia y, en ocasiones, la falacia que se nos presenta es tan grande que todo lo cubre, animándonos a que la aceptemos como la única verdad posible, la única que puede adquirir la dimensión de realidad. Pero la mentira poderosa no es por ello más verdadera o más defendible. Simplemente tememos mucho más sus represalias.

Kant, el autor de hacia la paz perpetua montaría en cólera si viera todo esto. No se ha dado un gran progreso en la moral humana, sólo un inimaginable desarrollo de la técnica. Pero lo más doloroso no es comprobar que los conquistadores locos siguen perpetuándose, sino asistir al adormecimiento cívico que nos rodea. Somos millones los que no deseamos la guerra, pero esperamos inmóviles y expectantes a que otros mueran; y que sea la muerte mediática -si nos dejan verla- la que nos obligue a reaccionar a destiempo, movidos por la desazón o el miedo a que el horror se extienda hacia nuestras puertas. No hay que dejarse seducir por los tambores de la guerra. El sonido repetitivo no pregunta, avisa de que hay que alinearse. Juegan con nuestro temor, y ofrecen la protección del bando más fuerte, que no por ello el más justo. Pero el único bando moralmente aceptable es el de los millones de seres humanos que nos negamos a secundar los intereses de unos pocos poderosos, los que estamos a favor de la desobediencia consciente, por costosa que sea. ³No en nuestro nombre², advierte el manifiesto de intelectuales y artistas estadounidenses contra la guerra. Tampoco en el nuestro. El quince de febrero muchos nos manifestaremos a favor de esa paz necesaria.

envia correuComentaris dels lectors sobre l'article

Els lectors encara no han opinat sobre aquest article.

ComentaComenta aquest article
Nom
Adreça electrònica
Mostra l'adreça
Des de
captcha
Codi de confirmació    [genera'n un de diferent]
Aquest codi és per a impedir la introducció automàtica de publicitat. Introduïu-lo tal i com el veieu a la imatge.
Comentari
       
Webmaster: Pere Pasqual Pérez