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Un largo y cálido verano

José Albelda

Professor Universitat Politècnica de València

Es evidente que la escala física de las sociedades humanas –el volumen de energía y materiales digerido por sus actividades productivas- no se puede incrementar indefinidamente. No obstante, la visión que aún es dominante considera que los límites están todavía lejanos, que solamente hay escaseces parciales que pueden ser superadas si se dispone de capital suficiente y de tecnologías adecuadas. Ernest García , El Trampolín Fáustico.

Resulta paradójico enfrentarse a este título en medio de los fríos invernales, pero es importante recordar lo que ha ocurrido este año –y no sólo este año- porque somos propensos al olvido y al autoengaño, cuando quizás lo primero sería reconsiderar nuestras actitudes con respecto a algo tan importante como el clima. El pasado verano no sólo ha sido uno de los más calurosos de las últimas décadas, sino también uno de los más largos, de manera que casi no hemos podido disfrutar de la primavera, y su calidez se ha ido dilatando hasta privarnos del clásico otoño que algunos disfrutábamos cuando éramos niños.

Aunque otros efectos del comportamiento humano en la biosfera resultan más llamativos por su impacto destructivo directo, quizás uno de los más peligrosos sea precisamente la lenta modificación del clima por exceso de emisiones de gases causantes del efecto invernadero, especialmente el conocido dióxido de carbono (CO2), íntimamente unido a nuestro actual modelo de movilidad, desarrollo industrial, y consumo energético doméstico. Los efectos del progresivo calentamiento global son de gran calado y difícil reversibilidad; pero seguimos aumentando las emisiones y, por lo tanto, desoyendo las advertencias de los científicos, seguimos jugando con el clima.

Los ciclos políticos son breves, y el rédito del crecimiento continuo a corto plazo sigue anteponiéndose a la preservación del planeta, y a nuestro compromiso de mantener un medio digno de ser habitado para las generaciones futuras. Sin embargo, en paralelo a los argumentos de la ética ambiental, desde la economía más pragmática, también se nos desvela el daño que el calentamiento global está causando sobre numerosos sectores laborales y en la población en general.

Hablemos un poco de cifras, lo justo para no cansarnos. En estas mismas páginas Mª José Picó nos hacía llegar hace unos días el informe oficial de la Generalitat sobre las emisiones de CO2 de la Comunidad Valenciana del 2002. Pues si las comparamos con las correspondientes a 1990 -el año que establece como referencia el Protocolo de Kioto para ir reduciendo globalmente las emisiones de gases con efecto invernadero-, nos encontramos con que, en nuestra Comunidad, las cifras de emisiones casi se han duplicado durante este periodo de doce años. Emitimos un 88% más de CO2 que en 1990, y con un crecimiento muy superior a la media nacional. Todo un record histórico.

Pero lo grave del asunto es que, como decíamos, ni tan siquiera es evidente que “el desarrollo” vinculado a dichas emisiones sea económicamente interesante desde una perspectiva general. Es evidente que las empresas vinculadas a la construcción o al sector del automóvil, no están interesadas en ninguna medida correctora importante que pueda repercutir en su crecimiento. Tampoco el sector de producción de energía, que ha apostado en nuestra Comunidad por las centrales de ciclo combinado que siguen emitiendo CO2 a la atmósfera, fruto de la combustión de gas natural, una materia prima no renovable y por lo tanto finita, al igual que el petróleo.

Pero ¿qué ocurre con otros importantes sectores de nuestra economía? Son evidentes los efectos negativos del cambio climático en la agricultura –gota fría que arrasa cosechas, aumento de la sequía, modificación de las temperaturas adecuadas para determinados cultivos, aumento de plagas…- que ha producido en los últimos años pérdidas millonarias. Se echa de menos una mayor presión en defensa de la estabilidad climática desde nuestro sector agrícola. Por otra parte, el turismo, en gran expansión en nuestra Comunidad en los últimos años, tampoco creo que esté especialmente interesado en padecer los efectos disuasorios, y en ocasiones mortales, de olas de calor como la que hemos sufrido en nuestras carnes este verano. El turista quiere un clima cálido, no tórrido.

En este contexto, no parece razonable que la autosuficiencia energética que anunciaba como meta Antonio Cejalvo, director de la Agencia Valenciana de la Energía, deba basarse ni en el peligroso aumento de la potencia de la central nuclear de Cofrentes, ni en la creación de más térmicas de ciclo combinado. Resulta evidente que la apuesta debe ser el impulso de las energías renovables. Si bien es cierto que se ha dado un importante paso en lo relativo a la eólica, tenemos una gran asignatura pendiente con el desarrollo de la energía solar fotovoltaica, dadas las posibilidades que nos ofrece el elevado nivel de irradiación solar de nuestra zona. Pero su despegue definitivo depende de un decidido apoyo institucional, que prime la producción y el uso de este tipo de energía limpia. Tal apuesta también permitiría potenciar el sector industrial vinculado a la fabricación y montaje de paneles solares, bien implantado en nuestra Comunidad.

Concluyendo, y según apuntaba Jeremy Rifkin, experto de reconocido prestigio, no parece que la solución más adecuada para evitar el calentamiento del planeta sea el macroproyecto internacional del ITER –un reactor nuclear experimental de fusión-, que implicará invertir cifras multimillonarias en una arriesgada empresa de éxito no asegurado, y que no acaba de resolver el problema de la generación de residuos radiactivos. Mientras que sí lo sería invertir globalmente en el desarrollo de las fuentes de energía limpia, renovable y segura. En cualquier caso, cuidar del clima y del equilibrio ecológico, resulta incompatible con la inercia descabellada del “crecimiento continuo” en un planeta de recursos limitados. Contradicción que padecemos y que morirá, de pura lógica material, probablemente en este mismo siglo que acabamos de inaugurar. El tema es si transitamos racionalmente hacia una economía más sustentable o nos colapsamos, como otras civilizaciones ya lo hicieron, al agotar los recursos del medio que las albergaba.

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