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Publicat el 9 - 3 - 2003 a Diari Levante - EMV
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¿Inseguros, en qué sentido?

Pura Duart

Professora de Sociologia. Universitat de València

La palabra sentido tiene dos sentidos. Lo que se siente mediante los órganos de los sentidos: sentido en el sentido de “hacer”. Lo que una expresión quiere decir: sentido en el sentido de “decir”. Los dos sentidos de la palabra sentido son cada vez más incompatibles. El decir concuerda cada vez menos con el hacer; y, cada vez más, enmascaramos un hacer no grato con un decir grato. Decimos -lo dice la publicidad y la propaganda- que huelen bien las personas y las cosas que peor huelen. Jesús Ibáñez

Las ciudades absorben cada vez más flujos -de la naturaleza, del trabajo humano, del mundo de las ideas- y, en consecuencia, sufren cada vez más los problemas que resultan de la combustión de toda esa energía e información. En ellas se concentran suntuosidad y miseria. Algunas, conformadas según un modelo imperial y defensivo, han expulsado a sus habitantes de los espacios abiertos, ya sólo son habitables para quienes se pueden fortificar encastillándose en espacios privados. En la medida en que se refuerza la protección hacia adentro, se fragiliza la situación hacia afuera. En unos años los habitantes de las ciudades, en especial los más desprotegidos, hemos visto como se volvía imposible disfrutar del espacio urbano.

Según propagaban las encuestas, que sólo hacen los poderosos y sólo preguntan lo que les conviene, hace unos meses a los ciudadanos les preocupaba sobre todo la seguridad. Si la población de una de las sociedades más seguras de la historia de la humanidad estaba inquieta, ¿qué razón podía haber? Las instancias institucionales proporcionaban respuesta inmediata a la incertidumbre ciudadana: inseguridad son los otros, los vecinos más o menos próximos.

Los poderes de siempre y de ahora usan el miedo para gobernar. Para que las masas nos dejemos manejar, nos meten miedo. Para que desfilemos por donde los que mandan quieren, nos enfrentan a supuestos enemigos exteriores o interiores, y nos convierten en víctimas de sus guerras, de religión o de comercio. Nos agrupan a unos contra otros (los ejes de adentro y afuera) para que no descubramos y controlemos nuestro propio poder, el de la masa que mueve montañas,

El lenguaje dinerario que se habla en el paraíso de los acomodados se refería a los incómodos en términos de gasto o coste. Los pobres, los extranjeros (pobres), los que transgredían la ley (del más fuerte), los que cuestionaban el orden (establecido) eran un derroche, un efecto no deseado, un daño colateral del desarrollo progresivo. Separaba, de entre ellos, a los integrables, los considerados salvables, a los que regalar favores (como facilitar papeles con los que pudieran trabajar con salarios de miseria), de los no integrables, los insalvables, para los cuales reservaba algunas calles, barrios o prisiones donde se hicieran invisibles. Algunas sociedades, como las cristianas del pasado, sacralizaban a los desafortunados, atribuyéndoles un destino poco envidiable: haciéndoles ‘intocables', aunque fueran visibles. Las sociedades opulentas , sin embargo, condenan a los desfavorecidos a la invisibilidad, a la indiferencia. La ciudadanía, dicen los que ‘van a más', necesita ser librada del peligro interior, para poder imaginar un futuro sin incertidumbres. Cuanto más autoritarios los poderosos, más grilletes contra el enemigo interno, más miedo y más división entre los gobernados, más poder y manos libres para los gobernantes.

Hace no mucho tiempo, un anciano sabio se preguntaba por qué la especie humana parecía estar buscando su propia desaparición. Pensando, se decía, en la forma en que se relacionaban los seres humanos entre sí, con otras especies y con la naturaleza, no era difícil concluir que se trataba de un comportamiento suicida. Esta tendencia a la destrucción de la tierra, de nuestros compañeros de viaje y, por tanto, de nosotros mismos, debía ser de origen poco menos que genético, puesto que es imposible que procediese de ningún tipo de razón o reflexión.

En aquellos momentos, sin embargo, los poderes de aquí y de allá, a golpe de considerar importante sólo lo que pasaba por el bolsillo de algunos, definían la situación como envidiable y nos mandaban ser optimistas. Muchos esfuerzos de todo tipo se dedicaban a convencernos de que todo iba bien, o a más y mejor. Si algunos decían que no les iba tan bien, sería por un error de juicio o por culpa suya. Quienes no creían en las cantinelas oficiales eran tratados, pues, como desviantes, marginales o enemigos del progreso. Si la mano blanda de la publicidad no era suficiente para sacarles de su error, se usaba la mano dura para confinarles donde no pudieran ser vistos ni oídos.

Soplan otros vientos. Un par de catástrofes están cambiando las cosas, aunque los mandamases se empeñen en quitarnos la razón, llamándonos irresponsables. La posibilidad de que se organice otra guerra devastadora, así como la destrucción del mar (Cantábrico, en este caso), una de las fuentes naturales de alimento y subsistencia para todos, a causa de los intereses de algunos, han puesto las cosas en su sitio. La especie humana no es suicida. Los seres humanos no tienden por naturaleza a eliminar sistemáticamente a los otros y a sí mismos. L@s humanos son seres para la vida, pero algunos, con nuestros políticos locales a la cabeza de la cola, buscan a cualquier coste su beneficio, mediante el sacrificio -de otros, claro-.

La política, que es de todos, consiste precisamente en eso, en decidir qué y quién vale, y qué y quién no vale; qué debe considerarse valioso y quién decide el sentido del valor. Cuando, como ahora, no es posible ocultar que la tierra y nuestras vidas están amenazadas, se hace difícil sofocar la sabiduría de quienes no olvidan el sentido del valor de la supervivencia. Cuando los representantes políticos dicen que el pueblo soberano, masivamente movilizado contra viento y marea (y sin paella), se mueve por instinto, demuestran qué tipo de democracia defienden. Cuando nos empujan a unos contra otros hay que recordar al lado de quiénes estamos limpiando los mares y retomando las calles. Ciudadanos, que no se nos olvide lo aprendido con tanto dolor: ¿quiénes son los peligrosos?

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