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Publicat el 26 - 6 - 2002 a El País (Catalunya)

Ciudad compactada o ciudad densa

Oriol Bohigas

Después de las sucesivas políticas expansionis-tas, después de la suburbialización de tantas ciudades europeas, el pensamiento urbanístico parece dividirse en dos tendencias: por un lado la voluntad de corregir esa expansión devolvien-do la actividad hacia la ciudad compactada, formalizada, reconstruyendo su identidad urba-na y, por otro, la aceptación -resignada, pero a menudo beligerante- de la vaguedad y la disemi-nación antiurbana de los nuevos asentamientos, como modelo de una modernidad real e incon-testable. No quiero insistir ahora sobre los inte-reses económicos y políticos -a menudo inconfe-sados- que durante los últimos años han justifi-cado hipócritamente la segunda tendencia. Las administraciones y los promotores privados han construido en territorios periféricos que no pare-cían urbanizables simplemente porque el suelo era más barato, porque no exigía de momento gastos complementarios ni diversificación de tipologías, porque la gestión era menos com-prometida y, sobre todo, porque los mismos usuarios no tenían todavía conciencia de lo que valía incluirse socialmente en la identidad urba-na y las administraciones locales no habían asumido la gravedad de la pérdida de actividad y residencia en la ciudad consolidada.

Ante el desastre evidente de la excesiva subur-bialización -y ante los costes posteriores en ser-vicios y equipamientos que comporta la expan-sión territorial cuando, al final, los usuarios reclaman una relativa centralidad- las adminis-traciones han empezado a atender las razones de la primera tendencia y a considerar la 'recons-trucción' de la ciudad con operaciones de zurci-do, de continuidad, de rehabilitación, de confor-tabilidad colectiva en servicios y equipamientos, de concentración de actividades y al mismo tiempo diversificación de centralidades. Pero a menudo -y en esto Barcelona empieza a no ser una excepción- los ayuntamientos están tergi-versando el concepto de ciudad compactada, buscando unos resultados económicos que quie-ren ser tan favorables como los que se alcanza-ban en la especulación suburbial. Del entendi-miento de la ciudad compactada, han pasado a la justificación de la ciudad densa, extremadamen-te densa, con un elevado rendimiento del suelo. Y esto es una tergiversación que hay que denun-ciar.

Ya sé que en general la compactación puede comportar algunos aumentos racionales de den-sidad, pero hay que saber que es un principio morfológico -y social- cuyas instancias no

dependen directamente de la densificación. En Barcelona, por ejemplo, los polígonos dormitorio de la década de 1950 son densos pero no com-pactos y la Villa Olímpica es compacta a pesar de una densidad de construcción y de habitantes muy baja. El Central Park de Manhattan aporta una gran reducción de densidad pero no inte-rrumpe la compacidad de sus entornos. Las plazas y los parques de las viejas residencias cortesanas de París son focos de centralidad que compactan el tejido. Y si hablamos de conquistar un valor urbano para la plaza de les Glòries Cata-lanes, por ejemplo, no hace falta recurrir a la densificación, sino a la integración de un parque equipado urbanamente con referencias metropo-litanas.

Una ciudad compacta es una estructura en la que no se interrumpen los elementos urbanizadores, los cuales mantienen así la continuidad de su función y de su imagen y, por lo tanto, ofrecen una adecuada lectura. Y es una estructura que marca claramente sus límites estrictos con el paisaje del entorno que no debe degenerar en suburbios o periferias antes de decidir su formal integración a la ciudad.

En ocasiones -con cierta voluntad polémica- he defendido el retorno al modelo de la ciudad amurallada, no tanto por su realidad física como por el concepto de limitación impuesta y planifi-cada. Las murallas -de las cuales ahora tendría-mos que aceptar una formulación normativa y no precisamente muraria- se iban derribando y reconstruyendo

A medida que la ciudad se compactaba y reque-ría mayor extensión de terreno. Y la compacta-ción interna podía incluir grandes sectores no construidos -no densificados- como las plazas y los parques, los monumentos y las instituciones.

Reconozco que la imposición de límites puede ser muy problemática en las conurbaciones des-equilibradas, como es el caso del área metropoli-tana de Barcelona. Habría que hacer un esfuerzo de clasificación y determinar cuál es el sector que admite ahora una urbanización continua a partir del centro y cuáles los que, de momento, pueden mantener su autonomía. La agregación política y administrativa del primer círculo de municipios sería para ello indispensable, pero no veo que ningún político -ni los más entusiastas por la compactación- esté atento a ese problema: se limitan a densificar el territorio propio, tergi-versando la teoría de la compactación. Y no creo que Barcelona pueda soportar ya mayores densi-ficaciones.

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