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La cumbre de la Tierra

José Albelda - Professor Universitat Politècnica de València

Tan teatral inauguración no presagiaba nada bueno. Un nutrido grupo de danzantes toscamente disfrazados de animales evolucionaban en un escenario de cartón piedra, con un voluminoso globo terráqueo incluido. No se inician así Cumbres como las del G-8 o las de la OMC, aquéllas que los mandatarios consideran realmente serias. La esperada ausencia de G. Bush contribuyó a desplegar negros nubarrones sobre la Cumbre de Johanesburgo. El presidente de los EE.UU., que hace poco proponía talar los bosques de amplias zonas de su país para evitar nuevos incendios, se mantiene fiel a la política que en la anterior cumbre de Río de Janeiro anunció su padre: nada de cuestionar la American Way of Life. Pero el problema es que esa forma de vida a la que EE.UU. no renuncia y que está siendo asumida o ambicionada por la mitad del planeta, resulta absolutamente incompatible con la idea de sostenibilidad ambiental.

Han pasado diez años desde Río, y la evolución de los principales acuerdos sobre biodiversidad, protección de bosques y cambio climático, no deja lugar a dudas: las especies siguen extinguiéndose a un ritmo preocupante, al igual que se mantiene la deforestación de los bosques primarios; y no parece que el protocolo de Kioto -un acuerdo de mínimos- pueda ser un éxito con la negativa de ratificación por parte de EE.UU. Según el modelo neoliberal dominante, no hay equilibrio posible: o crecimiento sostenido de la riqueza de una quinta parte de la humanidad, o preservación global de los ecosistemas y reparto más equitativo de lo que respetuosamente se pueda obtener. Por desgracia, la protección del medio ambiente sigue marginándose ante los intereses más inmediatos de la economía. Sirva como ejemplo la exitosa presión del lobby del petróleo, que ha conseguido descafeinar la propuesta de la UE sobre energías renovables, una de las principales apuestas de sostenibilidad, impidiendo su carácter vinculante y el acuerdo de plazos concretos de aplicación.

El reequilibrio entre pobreza y riqueza y la urgente defensa de los ecosistemas en un planeta que ya ha comenzado a sobrepasar su capacidad de carga, sólo puede darse desde la recuperación de la responsabilidad política de los estados y de las organizaciones internacionales. Pero esto no ocurrirá si no se logra una mayor independencia respecto a los grupos de presión económica y empresarial. Tampoco es sencillo lograr cambios sistémicos importantes desde el simple voluntarismo civil o corporativo. Las ONGs no pueden sustituir a los gobiernos en su obligación de limitar las formas insostenibles de crecimiento, ni se puede esperar que las principales empresas contaminantes, desde la lógica del beneficio, se comprometan mucho en minimizar su impacto negativo.

Todo lo que no sea lograr acuerdos vinculantes en los que también se impliquen los estados más poderosos, se quedará en huecos discursos de buena voluntad que intentan disfrazar la ausencia de un verdadero interés por cambiar las inercias. Un gran lavado verde de gobiernos, instituciones y empresas, que pretende distraer nuestra atención ante el acelerado expolio del mundo y de los pueblos más débiles que lo habitan.

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