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Publicat el 17 - 6 - 1990 a Levante - EMV

Los toldos del Palau de la Música

Eduardo Peris Mora - Universitat Politècnica de València

Con la llegada de los meses de más calor se ha vuelto a plantear la necesidad de emprender medidas para atenuar las altas temperaturas del interior de la bóveda acristalada del Palacio de la Música de Valencia. Se ha vuelto a mencionar una propuesta que, según parece se tiene como única viable; consiste en instalar un sistema de toldos que eviten la radiación. Pensando que todavía es tiempo para reconsiderar esa medida, parecen oportunas algunas reflexiones que, por otra parte, ya fueron objeto de un breve artículo en Levante-EMV hace algunos meses.

El poder de retención de calor de los sistemas invernadero está basado en el poder emisivo de los materiales a diferentes temperaturas, así como en la permeabilidad de los materiales a dichas radiaciones. Cuanto más alta es la temperatura del emisor más pequeña es su longitud de onda. La luz solar que llega a la superficie de la tierra es una radiación que posee el máximo de energía entre las longitudes de onda correspondientes a los espectros de ultravioleta próximo; se puede considerar que la longitud de onda está en torno a las 0,500 micras. Eso es consecuencia de que el Sol, de donde proceden, tiene una temperatura aproximada de unos 6.000 grados Kelvin. Los cuerpos más fríos, como la Tierra, emiten también energía por radiación, pero la radiación correspondiente tiene una longitud de onda media mucho más larga (unas 10 micras) y, consecuentemente, menos penetrantes; incapaz, por ejemplo, de atravesar el vidrio y otros medios (como la atmósfera con elevadas concentraciones de CO2, o con hidrocarburos, etcétera).

Los materiales, por su comportamiento frente a la radiación, se pueden caracterizar por ser poseedores de brillo metálico o por carecer de él. Sólo los primeros son capaces de comportarse como espejo perfecto, esto es, reflejando las radiaciones de tal forma que la luz incidente y la reflejada tengan igual longitud de onda. Los carentes de ese brillo metálico característico reflejan también la luz, pero, al ser más o menos parecidos al que se llama cuerpo negro ideal, transforman la naturaleza de la radiación incidente y reflejada de acuerdo con lo dicho más arriba, primero captan y luego emiten de acuerdo con su propia temperatura. En particular, y como consecuencia de lo anterior, sólo si los toldos interiores tuvieran superficie de espejo metálico podrían devolver las radiaciones que, habiendo atravesado una vez el vidrio de fuera adentro, podría volver a hacerlo otra vez hacia fuera, pues la longitud de onda de la radiación incidente y la de la reflejada serían iguales. No siendo toldos de superficie metálica especular, el efecto invernadero persistirá con toldos como sin ellos.

Los toldos, o en su defecto una superficie reflectante no especular, han sido utilizados con éxito en bóvedas de cristal en sistemas de climatización, pero no como freno a la intrusión del calor, sino, por el contrario, con objeto de favorecer la absorción de calor, provocando el calentamiento del aire entre toldo y vidrio, y así forzar su circulación por convección forzando el tiro del sistema de ventilación. Ese es el fundamento de uno de los sistemas de captación de la energía solar (por turbina en chimenea convectora) y de alguna climatización de edificios en los que el calentamiento del aire sobre los toldos, bajo la bóveda, provoca un efecto de chimenea, obligando al aire a circular y renovarse. En el caso del Palau, con la actual estructura, ese sistema parece inviable, pues en primer lugar la bóveda carece de aperturas en la cúspide; por otra parte, de practicarse esas toberas, el aire convector incidente sería demasiado caliente en verano, pues en los alrededores del Palau no existe, por ejemplo, masa de vegetación o de agua suficientes para proporcionar aire más fresco.

El poder reflectante del brillo metálico, sin embargo, es precisamente el que se puede aplicar, como filtro permanente, utilizando un sistema de vidrios metalizados, como el que ya sugerimos en el artículo a que hemos hecho mención.

Existen vidrios comerciales que están dotados de una capa de metal o de silicio de pocas micras y que poseen un poder reflectante parcial que por sí mismo impide el paso de la radiación térmica en casi el 50%, sin perder demasiada transparencia para la luz visible. Puede elegirse diferente color y grado de transparencia-reflectancia, y se utilizan ya desde hace tiempo tanto por sus valores estéticos como por sus propiedades de aislante. Esa solución no haría perder vistosidad a la bóveda iluminada de noche y, por el contrario, le daría más brillo reflectante durante el día, por lo que entendemos que las supuestas razones estéticas de la transformación no se verían desfavorablemente afectadas.

Otra de las soluciones correctoras propuestas es la de la creación de un sistema artificial precisamente sugerido por la propia naturaleza de la bóveda: La conversión en invernadero que propicie el consumo de la energía disponible bajo el cristal por creación de un microclima especial.

Los sistemas artificiales de captación de energía de los que actualmente se dispone son de una eficacia muy baja, de modo que, si dispusiéramos de alguno de los sofisticados colectores de energía radiante bajo el cristal, apenas podríamos fijar algunas unidades por ciento de la energía radiante incidente, y eso a expensas de gran inversión económica e importantes modificaciones de los valores estéticos. Sin embargo, la naturaleza nos ofrece un ejemplo de ecosistema muy sencillo de reproducir y que posee además otras ventajas. Si en el interior de la bóveda se crea un verdadero invernadero, la fijación de energía en la producción de biomasa –que podría ser equivalente a un sistema de pluviselva tropical- no es demasiado alta (sólo algún centenar de Calorías/m2 y día); sin embargo, el equilibrio de humedad que proporcionaría al recinto constituiría un efecto de amortiguador térmico y de humedad favorables. El mantenimiento de vegetación adecuada no es un problema difícil de resolver, y existen en nuestra comunidad profesionales muy cualificados capaces de diseñar y mantener el jardín interior. Curiosamente, en otras ciudades españolas son más frecuentes las construcciones con esos jardines interiores. A las ventajas de estabilidad microclimática, el jardín denso uniría además la de proporcionar un medio absorbente de ruidos, lo que sería favorable a los propósitos con que fue construido ese edificio.

La tercera propuesta de aclimatación que se sugiere consiste en recurrir a la sustancia natural de mejores cualidades termoestáticas: el agua. Un sistema de riego en circuito cerrado, produciendo una especie de lluvia artificial sobre los vidrios, con instalación nada complicada, semejante a los sistemas de riego de jardín, podría permitir convertir la cubierta en una especie de gran fuente si la lámina de agua tiene flujo e intensidad adecuada. La jardinería de interiores recurre a veces a esas láminas de agua, y casi siempre proporciona unos resultados espectacularmente positivos. Nuestra ciudad está en el límite del área de desertifización en los mapas de la NNUU, por lo que, lamentablemente, habremos de esperar que, pese al año de intensas lluvias que hemos atravesado, el ambiente de nuestra atmósfera será polvoriento como en años anteriores, con pocas excepciones. Con la solución de la cortina de agua se hace frente a la formación del depósito de polvo que se forma casi permanentemente sobre los vidrios y que ofrece una imagen de desaliño lamentable que se produce casi de inmediato tras cada limpieza. Los costos no serían excesivos si se depuran las aguas recuperadas y se repone las evaporadas; en todo caso, no serían comparables a los previstos para instalar y mantener prohibitivas máquinas de aire acondicionado. A un tiempo se afrontarían los problemas del calor y de la limpieza de la bóveda acristalada, que de esa manera se podría realizar con menor frecuencia. Aditivos bien escogidos en la composición del agua utilizada permitirían, por ejemplo, evitar al mismo tiempo la presencia de polvo y de la vegetación colonizadora del mismo que llega a ser destructiva de los materiales.

A nuestro juicio, los tres sistemas no son alternativos, sino perfectamente compatibles e incluso complementarios entre sí, además de razonablemente acordes con un edificio de ese tipo, con sus especiales características tecnológicas y estéticas. Queda en manos de los responsables municipales y sus arquitectos el aplicar cualquiera de ellos, imaginar otros más adecuados o decantarse por los toldos.

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