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LA UNIVERSIDAD POLITÉCNICA Y EL MEDIO AMBIENTE

José Albelda - Professor Universitat Politècnica de València

El medio ambiente es uno de esos términos que, tanto por su amplitud semántica, como por el exceso de uso en todo tipo de escritos y discursos ya comienza a verse vaciado de sentido, pero creo que sigue siendo adecuado para formar parte del título de este artículo. A él nos referimos, no sólo desde el enfoque científico y acotado de la ecología -ni tampoco sólo desde el más militante del ecologismo-, para reivindicar la preservación y mejora del medio físico en el que habita la especie humana y las demás formas de vida que pueblan la biosfera. Y sobre ese medio que es de todos, pero cuya modificación depende más de unos que de otros, la Universidad Politécnica tiene mucho que decir y que hacer. El desarrollo exponencial de la ciencia y la técnica ha permitido grandes avances en la mejora de la calidad de la vida humana en algunas partes del planeta, pero también ha acelerado el deterioro del medio ambiente en su conjunto. No se trata, como ya sabemos, de agoreros gritos alarmistas: basta con recordar las previsiones científicas sobre el cambio climático o los informes anuales del World Watch Institute.

El carácter de urgencia de la situación ambiental nos obliga, desde la universidad, a un giro radical en las pautas de formación, investigación e información para con la sociedad a la que nos debemos. No sólo se trata de cumplir con las exigencias de innovación tecnológica que se nos pide, sino también de aceptar la responsabilidad que nos exige el conocimiento: iluminar a la sociedad sobre los riesgos de determinadas técnicas y sistemas de expansión de nuestra cultura dominante; aconsejar unos caminos y desaconsejar otros, fruto de la experiencia del pasado y de la capacidad prospectiva que la ciencia nos ofrece. La Historia nos alumbra: recordemos el tiempo breve en el que la lúcida fórmula físico-matemática de Einstein hizo posible la bomba atómica; recordemos también la decidida militancia antinuclear, en la última etapa de su vida, del venerado científico. No olvidemos la rotunda afirmación de los más importantes especialistas en ética: “No todo lo que sea técnicamente factible nos conviene llevarlo a cabo”. La ciencia y la técnica, precisamente por el poder que detentan, deben adquirir un creciente compromiso moral, previniendo sus posibles efectos adversos.

Centrándonos en lo concreto, qué duda cabe que la Universidad Politécnica de Valencia está dando respuestas al reto medioambiental: la creación hace ya bastantes años de la Oficina Verde y su creciente labor en todos los ámbitos, destacando la decidida apuesta por conseguir la progresiva certificación de la gestión ambiental de las diferentes escuelas y centros, así como un ambicioso proceso de recogida selectiva de residuos que podrá seguir perfeccionándose si se le facilitan los medios necesarios para su mejora. En el plano formativo debemos destacar la creación de la Licenciatura en Ciencias Ambientales, la Escuela Medioambiental de Verano y el aumento de la oferta de asignaturas y cursos de carácter medioambiental en casi todas las escuelas. No podemos obviar los importantes programas y convenios de investigación sobre energías renovables, biocombustibles, agroecología y mejora en la gestión forestal, y tantas otras líneas de trabajo que están llevando a cabo los diferentes Departamentos, encaminadas a lograr un desarrollo más sustentable. Tampoco olvidamos la deseada peatonalización del campus, que lo ha hecho más saludable, menos arriesgado y más bello.

Pero al mismo tiempo, cabe plantearse que la situación de urgencia nos obliga a afrontar retos mucho más ambiciosos. Si hay que hablar de competitividad, compitamos también con aquellas universidades más avanzadas en materia medioambiental: que la Universidad Politécnica de Valencia sea modélica en la creación de un Código Ético Medioambiental que nos lleve a predicar con el ejemplo: que los alumnos vean aplicado en su entorno lo que tratamos de enseñarles. Que todos nuestros nuevos edificios vengan equipados con las más punteras tecnologías de eficiencia energética y fuentes de energías renovables que cualquier universidad que crea en el futuro debe contemplar. Que toda la madera que utilicemos sea certificada, para garantizar que no contribuimos ni lo más mínimo a la destrucción de los bosques, sino a garantizar una gestión renovable de los recursos forestales; que nos pongamos como reto minimizar nuestras emisiones atmosféricas y reducir nuestros residuos peligrosos, para demostrar con nuestro pequeño ejemplo que podemos cumplir con Kioto y que es posible disminuir los tóxicos ambientales que a todos nos afectan.

No hay futuro digno de ser vivido si la ciencia y la técnica no se ponen urgentemente al trabajo de aplicar el principio de precaución, proteger la biodiversidad, investigar en la progresiva disminución en el uso de materiales no renovables, en la decidida apuesta por la producción limpia. Todo aquello que nos permita una vida, quizás más austera, pero más digna de ser vivida.

Si creemos verdaderamente en un progreso que tenga sentido, éste debe plantearse el reto de una tecnología de bajo impacto ambiental y máxima eficiencia energética, y que tienda a reequilibrar los dañados ecosistemas de la biosfera, pues no hay artificio lo suficientemente perfecto que iguale el legado ambiental del pasado. Pongamos un ejemplo, radical pero muy ilustrativo: en el futuro podríamos vivir en una burbuja en Marte, pero muchos preferiríamos poder seguir contemplando el mediterráneo en las estribaciones de la Sierra de Irta, bajo un cielo sin más intermediarios y envueltos por el aroma del romero.

Todo esto lo decimos, y no es simple coincidencia, en tiempos de elecciones en la Politécnica. La mayoría de los que estamos sensibilizados por el medioambiente –cada vez más ciudadanos, dentro y fuera de la comunidad universitaria- consideramos que determinados principios, como los derechos humanos o la ética medioambiental, deben estar por encima de opciones políticas, o de candidaturas concretas para el gobierno de una institución pública. Se trata de principios de tal importancia, que cualquier candidatura tiene la obligación moral de recogerlos y llevarlos a la práctica. Por eso proponemos que el Rector que nos gobierne, sea el que sea, se comprometa a afrontar la urgencia del reto medioambiental. Que trabaje por un futuro en el que la técnica se reconcilie con la ética y con la estética; que anime un desarrollo de la ciencia y de la técnica que sepa velar por la biosfera que nos fue legada y que tenemos la obligación de preservar en equilibrio. Contará con el ilusionado apoyo de muchos contemporáneos y el agradecimiento impagable de las generaciones futuras.

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