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Publicat el 7 - 1 - 2004 a El País (Catalunya)

La cabaña, la cueva y los cajeros automáticos

Oriol Bohigas

En el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona se ha abierto una exposición con un título provocador -Els altres arquitectes- y con un tema sugestivo: las construcciones que solemos llamar naturales porque son las habituales en las sucesivas pero lentas evoluciones del hábitat animal. Además de informarme sobre la complejidad de esas construcciones, la exposición me ha actualizado -incluso en el propio título- una de las más reiteradas referencias en la interpretación de la arquitectura: la procedencia de unos modelos primitivos -es decir, de unas construcciones todavía emparentadas con lo animal- que, por un lado, han marcado determinados sistemas formales y, por otro, han servido como referencias e imposiciones morales cuando los estilos han derivado hacia irracionalidades adjetivas, insustanciales.

La forma y la estructura más a menudo referida, sobre todo a partir de la Ilustración, ha sido la cabaña primitiva, de la cual, desde Laugier hasta Viollet-le-Duc, se han propuesto diversas versiones en las cuales se mantiene siempre la idea de los troncos de árbol como pilares de la construcción y las ramas como elementos ligeros para componer el tejado. La evocación de este primitivismo ha sido utilizada como una "llamada al orden" cada vez que se ha intentado recomponer ese orden. Pero, además, las esencias formales de la cabaña han marcado una sucesión de interpretaciones formales y constructivas. Así, el sistema de columnas y dinteles que proviene del doble uso resistente de la madera ha pasado a otros materiales y se ha mantenido a través de estilos diversos, desde el templo griego y sus derivaciones neoclásicas hasta la planta libre de Le Corbusier o los esquemas metálicos de Mies. El modelo se ha mantenido hasta hoy, sometido a tres ofertas culturales: la aparición de nuevas tecnologías, la imposición de cánones geométricos que se derivan de las sobreestructuras ideológicas y, sobre todo, la acumulación de símbolos, figuraciones y preconceptos estéticos para la representación monumental de la propia arquitectura.

Pero encontramos otras referencias a la vivienda primitiva a lo largo de la historia, quizá, incluso, más emparentadas con la intuitiva construcción animal. Por ejemplo, la cueva. Si a la cabaña de madera se la ha considerado el primer paso hacia la construcción artificial -es decir, una primera muestra de civilización-, la cueva es el legado de un primitivismo más radical, que dará origen a las evocaciones de los místicos medievales, los barrocos epicúreos y los poetas románticos, con el correspondiente bagaje moralizador. Pero, también, con el entusiasmo de las referencias formales -más que constructivas- y espaciales -más que volumétricas- en los sucesivos intentos estilísticos. Por ejemplo, las construcciones que ofrecen a la bóveda todo el discurso estético. Pero, también, la arquitectura que parte de la expresión del espacio interior, independizándolo de la estructura y hasta del volumen y las fachadas -sin precedentes en la tradición de la cueva-, como en el Barroco más rupturista o, incluso, en algunos capítulos contemporáneos como la arquitectura de la autonomía epidérmica, predicada por arquitectos -¿escultores?- tan insignes como Hadid, Gehry y Liebeskin.

La cabaña y la cueva han sido, pues, dos referencias. Pero, tal como va el mundo, tendremos que aceptar otro modelo que está tomando mucha importancia: la residencia nómada, provisional e, incluso, efímera que quizá tenga su precedente en las tiendas primitivas como síntoma de manufactura artificial, menos que la cabaña, pero más que la cueva. Este modelo se desarrolla hoy según dos maneras contradictorias. Las caravanas, las mobil-houses, los campamentos militares, las casas de emergencia y los barrios de conquista territorial, y la vivienda flexible y trasladable son muestras positivas de la derivación de este modelo. Pero, en el mismo, encontramos la triste e incivilizada realidad de la manera de vivir de los sin techo, los barraquistas y las grandes masas del Tercer Mundo. En este caso, la referencia al estado primitivo -a la naturalidad de la residencia primitiva- no aporta ningún dato positivo, ni esperanzador, ni siquiera moralizador. Ha sido un proceso negativo. Quizá la rudimentaria vivienda construida con residuos de la basura, con cajas de cartón recicladas, con mantas deshilachadas bajo la protección de un pórtico o de un cajero automático sea la que más se parezca -en el método, pero no en el resultado- a los nidos y las madrigueras de muchos animales que se muestran en esa exposición del Museo de Ciencias Naturales. Pero, en realidad, demuestra que la civilización no ha resuelto todavía los problemas sociales más profundos porque ella misma ha propiciado una economía de explotación en la que no ha sido posible ni siquiera la mejora de los sistemas de alojamiento de los pájaros y las culebras. La técnica, el orden intelectual y la carga de símbolos no ha alcanzado a la mayoría de la humanidad porque sigue al margen de los sistemas sociales y productivos. ¿Tenían conciencia de ello los sofisticados exégetas de la mímesis arquitectónica, los moralistas del año 600 o los románticos historicistas cuando reclamaban el retorno a la cabaña y a la cueva y la superación de la urbanidad con el retorno a la austeridad del ruralismo? ¿Aceptarían ahora el espectáculo de los sin techo, tan naturales y tan primitivos?

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