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IVAM: UNA MÁSCARA EN TIEMPOS DE CARNAVAL

Adolfo Herrero - Arquitecte

No hace mucho, desde las páginas del suplemento Territorio y Medio Ambiente (01/12/2003, IVAM-Museo del s. XIX: Una cuestión inacabada) de este mismo diario, proponía una reflexión respecto a la situación del IVAM al tiempo que formulaba, junto a otras, una serie de sugerencias respecto a su inserción y mayor integración en el Barri del Carme, aprovechando la circunstancia de su ampliación. A ellas adjuntaba una plasmación gráfica de la propuesta que por razones de espacio, supongo, no apareció, y que incluyo de nuevo para hacer más pedagógico el análisis y evitar la repetición de lo ya dicho.

Previamente quiero señalar, antes de formular opinión alguna acerca de la propuesta de los arquitectos Sejima y Nishizawa, que he visitado la exposición habilitada por el IVAM con el objeto de dar a conocer el proyecto y he leído algunos de los comentarios y opiniones vertidos a la prensa por ex-directores del IVAM, arquitectos y periodistas en los momentos inmediatamente posteriores a la presentación del mismo. Más tarde, leí la entrevista realizada por este mismo diario a Kosme de Barañano. En consecuencia, mis comentarios no reflejan una impresión fugaz, improvisada a vuelapluma, sino que pretenden ser reflexivos y constructivos a partir de la información disponible hasta un determinado momento.

Cuando aparecieron en prensa las primeras fotografías de la maqueta, la imagen que vino a mi mente no fue gráfica sino literaria: un breve texto, excelente en mi opinión, suscrito por Juan José Millás –esta vez desde su columna de EL PAIS (27/12/2002)- que con el título El vacío apareció bastante antes de la presentación que nos ocupa. De lectura imprescindible, reproduciré tan sólo algunos fragmentos relativos, pienso, al aspecto que me interesa resaltar: Empieza a haber más museos de arte contemporáneo que arte contemporáneo propiamente dicho. Parece que una ciudad no es una verdadera ciudad hasta que no tiene un edificio raro con nada dentro. Yo no sé si esta moda la comenzó el Guggenheim, pero al menos la difundió entre nosotros. En el Guggenheim, que por dentro recuerda un intestino, la obra de arte es el propio visitante que circula, en forma de bolo alimenticio, por un conducto membranoso que comunica la boca del museo con su ano. (...)

(...) Nos vuelve locos el bulto, en fin. Hay más gente dedicada a la fabricación de envoltorios que a la de productos dignos de ser envueltos. El universo esta lleno de libros huecos y de arquitecturas vacías. Las mejores tiendas de regalos son las que empaquetan con arte un abrelatas. (...) El regalo es la experiencia misma de ser consumido bajo la apariencia de ser el consumidor: un trampantojo existencial que nunca cansa. (...)

Pues bien, detecto un cierto papanatismo entre el personal consultado ante el acontecimiento, encabezado por algunos de los periodistas que desde sus artículos o desde sus columnas o editoriales han informado u opinado sobre el proyecto de ampliación; parecen haber sido rendidos por ese trampantojo del que nos habla Millás, promovido por K. De Barañano, responsable, en cierto modo, también -como reconoce en su entrevista- de la creación del Guggenheim.

Sin llegar a los extremos de Bilbao, quizás sea esa máscara sobrepuesta al edificio –“maquillaje”, como la ha calificado E. Jiménez, uno de los arquitectos constructores del IVAM- lo que despierte algún recelo justificado sobre el método propuesto: la banalización del arte, el arte no como cultura sino como entretenimiento y como espectáculo mediático, algo que explota el Guggenheim de forma admirable. Tampoco les faltarían razones a quienes han visto en la operación un enmendar la plana a las obras promovidas en otro tiempo por los socialistas, algo quizá más sutil pero no menos perceptible; la lista comienza a ser numerosa: el Teatro Romano de Sagunt, el Palacio de Congresos, la reforma y ampliación del Palau de la Música (i Congressos), la reforma de la prolongación de la Alameda, la Ciutat de les Ciències, Ahora de les Arts, les Ciències y los peces,...

Resulta que nuestro IVAM era un referente internacional de lo contrario. Un edificio modesto, de coste irrisorio si se compara con los que se han construido después por todo el Estado, donde contenido primaba claramente sobre continente. ¿Qué ha sucedido? Pues sencillamente ahora, auspiciado por la moda, sobreviene un cambio en el modelo siguiendo el camino incierto abierto por aquél. No es un camino que hayamos iniciado nosotros solos. Barcelona también se ha apuntado recientemente al modelo, a propósito del Forum de las Culturas 2004, buscando los arquitectos y edificios de mayor impacto mediático internacional. Y si en Valencia tenemos a Calatrava es por esto mismo, no por ser de la tierra.

Vayamos, pues, al grano.

Los objetivos: Abrirse al Barri del Carme

La propuesta de ampliación, como indican los paneles y el desplegable explicativos del proyecto, señala entre sus nuevas necesidades, aparte de las estrictamente funcionales de articulación interna, mejora y organización de espacios, ganancia de superficies, etc., abrirse al Barri del Carme, y nuevos espacios de ocio bien conectados al Barri del Carme.

Entiendo que la organización interior propuesta para el edificio resuelve inteligentemente los objetivos funcionales que aborda. Los planos expuestos revelan en este sentido un trabajo riguroso y digno de crédito.

Sorprende, la pretendida apertura hacia el barrio que propiciaría el nuevo acceso desde la calle de la Beneficencia. Resulta loable un nuevo espacio público que se genera a costa de la propia parcela, renunciando a posibles operaciones externas del tipo de las apuntadas en mi propuesta del artículo precedente. Sin embargo, una vez realizada esta operación el edificio fagocita el nuevo espacio y lo encapsula como encapsula la anteplaza de su actual acceso por Guillén de Castro -algo que me parece inaceptable-, deglutiendo un espacio público generado por la implantación del IVAM, que venía a subsanar en parte el déficit creado por el aprovechamiento especulativo del s. XIX, una vez derribada la muralla.

Similar reflexión provoca la gran rampa de acceso para vehículos de transporte que facilitará la carga y descarga, ocupando una buena parte de la calle lateral entre IVAM y Beneficencia, cuya definitiva apertura permeabilizaría no sólo la del barrio hacia o desde el exterior, al favorecer su accesibilidad a o desde la ronda de circunvalación; Sin embargo, esta nueva calle se consume con fines privativos. La conclusión es que la ampliación se hace a costa de la apropiación de los espacios públicos existentes y de los creados con el proyecto.

Otra aportación del proyecto –si solucionan con eficacia y solvencia la climatización del espacio- es la reutilización lúdica de la cubierta actual. Lo que no está reñido con una escala moderada de sobrevuelo. La gran volumetría que encierra destinada a promover dicho espacio como el más singular del edificio es, seguramente, prescindible en una buena parte de su altura sin alterar la sustancia de la idea. No es malo renunciar a una cierta escala urbana, a esta pretensión de soberbia adolescente -ni el IVAM ni la ciudad lo necesitan- para adaptarse a la métrica del lugar y a la escala locales.

Tampoco hay necesidad de irritar y expulsar a más vecinos. Esos que, pese a todo contratiempo, decidieron permanecer en el barrio. Me refiero a los otros vecinos de la calle Na Jordana, los únicos que circundan todavía al IVAM. Son ellos, en primera instancia, quienes sufrirán los posibles “daños colaterales” derivados de la desmedida escala de la máscara que sobrevolará al edificio actual y para quienes constituye una nueva e importante afección; ellos todavía disponen, en la actualidad, de luz y soleamiento en sus viviendas debidos a la orientación sur de su fachada; y algunos, del privilegio de enfrentarse a un nuevo espacio público surgido con la implantación del IVAM: la anteplaza aterrazada que, con la ampliación, se cerrará para ellos y para todos los vecinos de la ciudad. Con el sobrevuelo de la nueva cubierta no sólo serán sometidos a la sombra o a la penumbra diurna, sino a la sobreexposición y deslumbramiento nocturnos del modelo Jurado/Barberá, esta vez, importado a las alturas.

La malla y el sistema de sustentación

Un recurso milenario para el filtrado de la luz en el mundo mediterráneo como es la disposición de cañizos, emparrados, espalderas vegetales, persianas, envel·lats..., se ha sustituido por nuevos materiales de apariencia novedosa con idénticas funciones en edificios contemporáneos de la última década hasta alcanzar un nivel de vulgarización importante. Y así, han aparecido estirados metálicos a partir de múltiples incisiones en la plancha, trenzados, mallados –tejidos al modo de las antiguas cotas de mallas y los guantes de carnicero- y las planchas perforadas. Arquitectos como Herzog y De Meuron en edificios de Paris, Basilea, Munich o Barcelona, MURDV, Nouvel y Perrault, por citar a los más significados, los utilizan hasta la sacieded. La Plaza de la Estación de Sants en Barcelona, de Piñón y Viaplana, fue un precedente memorable de los años 80. Por tanto, las planchas perforadas están de moda. Y nuestros arquitectos japoneses del IVAM las habrán visto, quizás, también en su paseo junto al Mercado Central, en la ferretería de la Hija de Blas Luna, en la Plaza del Dr. Collado. Las hay con perforaciones de todos los calibres y en tamaños diversos, en planchas y en rollos de mayor longitud, en acero y en aluminio...

En su propuesta para el IVAM los arquitectos utilizan la plancha metálica como un velo. Es algo perfectamente viable a escala de una maqueta. De hecho, la maqueta expuesta se construye como una carcasa autoportante de metacrilato donde han serigrafiado la plancha perforada. Una sugerente veladura que para el espectador no profesional se hace verosímil, de construcción posible. En la práctica sabemos que la solución entraña un riesgo extremo; que es de difícil, por no decir imposible, construcción, ya que esta piel pretendidamente tersa de plancha perforada, como material ligero que es, sufre alabeos y abolladuras importantes e inevitables en espesores finos. Esto implicará, probablemente, recurrir a gruesas planchas que requieran sustentaciones complementarias o, bien, a descartar la solución. Otro tanto sucede con los pilares de acero, cuyas esbelteces de 32 y 16 m. de altura con secciones de 20 cm. de diámetro, son inviables con la tecnología disponible en la actualidad.

Probablemente sucederá lo que sucede en todo proceso mediador entre la fase proyectual y fase de construcción del objeto. Algo que quedó perfectamente ejemplificado en la construcción de la pirámide del Louvre, en su formulación inicial y en su consecuencia final, una vez construida: lo que se proponía en la maqueta y dibujos preliminares como un cuerpo geométrico puro de aspecto diamantino e isótropo, un “sólo vidrio” –el metacrilato en las maquetas permite cualquier alarde- se convirtió finalmente en un volumen piramidal conformado por una potente y ostensible estructura reticular de acero, “acristalada”.

Por tanto será difícil conseguir la ligereza y la tersura que nos promete la maqueta sin que suframos una importante decepción; sin que ese velo sugerente como una suave veladura de bruma matinal, llegue a convertirse, en la práctica, en un pesado “burka” sustentado en el palomar más grande de Ciutat Vella.

La magistral lección del Mercado Central que ha impresionado tanto a Sejima y Nishizawa se produce no sólo en esa, al parecer, delicada sombrilla que son sus cubiertas. También está en su planta, que se adapta, como lo hace un guante a la mano, al tejido urbano que le rodea, respondiendo a cada una de las calles, de las manzanas, de sus rincones y de las anécdotas que lo circundan. Y no es eso lo que aquí se percibe, sino una caja ensimismada que fagocita el escaso espacio público que genera a su alrededor. Aquí es donde la máscara pierde sutileza. Aquí es donde se transforma en una nueva pintura negra, quizás en reconocimiento al Goya padre fundador de la modernidad pictórica. ¿Un nuevo Neptuno devorando a sus hijos? Entiendo que no hay necesidad de recomponer para el IVAM un nuevo Mercado Central si ya poseemos el auténtico. Si ha de ser así, llevemos allí al IVAM.

En cualquier caso, y aunque estas sugerencias no sean atendidas seguiré expectante el proceso. Los japoneses pueden concluir un buen trabajo. Y la idea de la máscara me parece excelente para extenderla, en este caso, a edificios urbanos horrorosos como la Finca de Hierro, el Corte Inglés o la propia Casa Consistorial.

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