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Publicat el 18 - 8 - 1999 a Levante - EMV (Sup. Territorio y Vivienda)

FERRAN BELDA , LOS SALVEM y EL EFECTO BARBERÀ

Adolfo Herrero - Arquitecte

He leído con asombro y preocupación el comentario de Ferran Belda, al que tengo por persona culta y bien informada, publicado el pasado jueves 1/07/99 en este mismo diario en la sección Bastos. Sorprendente en él, y sorprendentes las insólitas conclusiones que extrae a propósito de la interpretación de los resultados electorales -como supuesto instrumento de medición del grado de aceptación o rechazo- en relación con operaciones urbanísticas municipales en marcha, como son la prolongación de la Avda. de Blasco Ibáñez en el Cabanyal, la construcción de un hotel en el antiguo jardín de jesuitas junto al Botànic, la destrucción de la huerta en el Pouet y la Punta, y tantas más áreas de conflictos urbanísticos con presencia de colectivos ciudadanos más o menos organizados en torno a Coordinadoras conocidas como los Salvem.

En primer lugar, no entiendo la intención, si existe, de la alusión, a propósito de "prolongar la Avda. de Blasco Ibáñez a la manera de Haussman, Ildefons Cerdà, Arturo Soria y Oscar Niemeyer", a un prefecto de París y a tres urbanistas ilustres cuyos trabajos respectivos poco tienen que ver entre sí. Demos a cada cual lo suyo y no juntemos churras con merinas. No basta con la cita supuestamente erudita, hay que saber citar cuando se cita, a no ser que la cita encierre la intención perversa de avalar operaciones impresentables bajo el paraguas de las consabidas figuras indiscutibles de prestigio internacional, recurso muy habitual en estos tiempos que corren. No consta en los tratados de urbanismo que Arturo Soria y Oscar Niemeyer intentaran prolongar nada o destacaran por reforma interior alguna. Tampoco ,consta que Cerdà, al idear su Plan para Barcelona, tuviera intención de machacarse los poblados periféricos de su cintura como Gràcia y otros tantos más. Al contrario fue extremadamente delicado y respetuoso con ellos; Desde otro aspecto, si el referente comparativo es la tan alabada prolongación en curso de la Diagonal para avalar la de nuestra avenida, no es objeto de este comentario ni viene al caso analizar dos operaciones conceptual y radicalmente diferentes, aunque me ofrezco gustosamente a hacerlo en otro momento. Y en cuanto a la pretensión municipal de vincular a Haussman con el Cabanyal la considero un rasgo autoritario de pura nostalgia arqueológica.

Aplicados al caso del Cabanyal, tomado como el primero de los ejemplos propuestos y no seguiré con los demás, la frivolidad del comentario comienza por reconocer que no dispone en esos momentos de las cifras concretas para abordar el análisis en profundidad pero que el partido que promueve la prolongación de la avenida "ganó por goleada" en dicho territorio. A mí, que dispongo de esas cifras publicadas por el mismo diario dos días después de las elecciones y cuya consulta no me ha supuesto mayor esfuerzo del que le habría supuesto al señor Belda, no me salen las cuentas de la misma manera; siempre, claro está, que supongamos que ese criterio de trasposición es indicador de lo que se supone que indica.

Veamos, si para el conjunto formado por los barrios de el Grau, Cabanyal y Malva-rosa los partidos opuestos a la prolongación PSOE,EU,UV y BNV-EV sumaron 11.787 votos frente a 9.201 del PP, es decir, 2.586 votos más; y en el ámbito estricto de el Cabanyal los primeros obtuvieron 5.909 votos frente a 4.857 de los segundos, no entiendo, agregando a las cuentas la elevada abstención, de dónde sale esa ganancia "por goleada" que el señor Belda atribuye a quienes sustentan la pretendida prolongación de la avenida.

La mayoría en las urnas, muy relativa según se mire -como vemos-, no faculta a nadie para convertirse en un déspota, ilustrado o por ilustrar, o para desarrollar acciones contrarias a ley o ajenas al control jurídico de una sociedad democrática, aunque esas acciones constituyan el ideario de un programa electoral. Publicado también el mismo día en este diario, José F. Doménech lo dejaba meridianamente claro en su artículo de opinión "Jesuitas, a juicio".

El intento de descalificación de los Salvem prosigue -y asevera: son aquellos "quienes se han opuesto con harta frecuencia por sistema a cualquier derribo, a cualquier tipo de construcción y a la instalación de una ZAL donde Cristo perdió la burra". Tal afirmación resulta temeraria ya que, como no ignora Ferran Belda, el considerable esfuerzo desarrollado por dichos colectivos para movilizar a la sociedad no tendría el menor reflejo social en un contexto como el nuestro, si se tratara de nimiedades o hechos insignificantes; por el contrario, intentan salir al paso de hábitos y actitudes preocupantes del pasado que todos creíamos felizmente superados y que no se dan en ningún otro estado europeo. Precisamente en este diario y unos días antes (20/06/99), el periodista Fernando Delgado, en su sección Punto final y con el encabezamiento "Los que no contestan", señalaba: "para un país en el que las respuestas sociales escasean en el día a día (a diferencia de Francia, que vota o no, y luego corrige en la calle los desafueros del poder con sus barricadas y sin dar cheques en blanco), no parece lo mejor que esta democracia tan celebrada quede en una democracia desarmada donde unos cuantos frescos nos impongan su despotismo encubierto. Algo pasa cuando pasan."

Pongamos ahora como ejemplo el segundo de los casos citados. ¿Es que el señor Belda no es capaz de entender que no son elementos comparables el famoso hotel junto al Botànic -privilegiado aprovechamiento lucrativo situado en un enclave paisajístico irrepetible e históricamente caracterizado por un vacío urbano acondicionado como jardín- y un edificio público de carácter dotacional -esto es, al servicio de toda la colectividad- construido fuera del recinto ajardinado sobre parcelas adquiridas expresamente para ello por la Universidad que, desde su origen como arrabal de Quart, han estado siempre edificadas? Insuperable, por cierto, la valoración comparativa de las circunstancias del primero con el edificio destinado a Centro de Investigación de la Universidad, digna de las mejores manipulaciones del diario decano de la competencia. Debo reconocer que el edificio es, arquitectónicamente hablando, bastante insatisfactorio, pero parece cumplir todos los parámetros de volumetría y diseño impuestos por las órganos tutelares correspondientes. Pero no es esa la cuestión; ni aunque lo firmaran los mismísimos Siza o Moneo arreciaría su descalificación puesto que su objetivo no es defender el Botànic sino amparar la operación lucrativa en la parcela de jesuitas parcialmente abortada gracias a los Salvem.

Y una cosa más. El señor Belda vuelve a estar mal informado a propósito del Plan del Raval de Barcelona y de su alcalde, "Joan Clos, impulsor de medidas de urbanismo duro". Búsquese otro ejemplo para proporcionar la cobertura intelectual al reventamiento del Cabanyal. La operación del Raval no es sino el intento de restañar una profunda herida abierta -la avinguda de les Drassanes que, por entonces, se llamaba de otra manera- en la Ciutat Vella, allá por los años sesenta cuando los criterios de vialidad imperaban sobre todos los demás. El Raval, nuestro Velluters -objeto de los minuciosos análisis de Cerdà para sustentar el Plan de Barcelona y su "Teoría de la Urbanización", constituyente del famoso Distrito Quinto donde se ubica el barrio chino y materia de los desvelos de los arquitectos del GATEPAC para su higienización, reequipamiento y dignificación social- lleva más de quince años de transformaciones con el objetivo de crear espacio público de calidad, dotaciones de barrio, vivienda pública rehabilitada y nueva, y equipamientos metropolitanos como el Macba, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona y nuevas instalaciones de la Universidad.

El premio del RIBA británico a la ciudad de Barcelona no es por hacer una rambla a costa de manzanas de viviendas en el Raval. Ni por hacer urbanismo duro o blando; ni siquiera por hacer urbanismo, sino por hacer urbanidad, acuñación feliz en boca de Oriol Bohigas que expresa claramente un talante político. Esa urbanidad que, a lo largo de tres legislaturas, ha sabido fomentar la autoestima y el orgullo de sus ciudadanos, que, por poner un ejemplo más, ha reconvertido la autopista de la Meridiana en una digna avenida, eliminando seis carriles de circulación y ganando áreas de estancia con aceras de once metros repletas de bancos y grandes árboles de sombra para que los vecinos de sus márgenes se reconozcan y relacionen. Nada que ver con lo que aquí sucede.

"Ganancia por goleada,... por algo será", comenta mi interlocutor. Será por el efecto Barberà, que parece tener hechizado a toda la ciudad, Ferran Belda incluido.

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