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Publicat el 9 - 7 - 1991 a Levante - EMV

José Ignacio García Ninet, nuevo en esta Plaza

Adolfo Herrero - Arquitecte

Si bien es cierto que, en este país, nuestra capacidad de sorpresa disminuye progresivamente conforme avanza nuestro nivel de saturación informativa, no dejan de sorprender ciertos acontecimientos, aparentemente festivos, cuya lectura política, en el más amplio sentido del término -esto es, civilizada-, es altamente preocupante.

Me refiero al hecho de que unos funcionarios homenajeen "cariñosamente" en su despedida como edil a su concejal dedicándole y rotulando con su nombre una "plaza” en un solar del Centro Histórico de la ciudad de Valencia.

Quienes hayan podido hojear la noticia, aparecida en primera página, del diario Levante del día 22 de junio pasado y hayan contemplado las fotografías que acompañan al texto, habrán quedado, cuanto menos, perplejos ante la noticia. En este mundo al revés al que estamos asistiendo, son los funcionarios quienes celebran y agradecen la "eficacia" de su concejal y no al contrario, como aconseja el sentido común. Podría entenderse si el concejal en cuestión fuese, por ejemplo, el encargado del área de Personal y, como tal, hubiese obtenido para sus funcionarios mejoras salariales y cualesquiera otras medidas laborales que pudieran haber contribuido decisivamente a incrementar su calidad de vida en el ámbito de lo personal o lo profesional; pero no es esta la circunstancia.

¿Qué lectura se desprende, pues, del hecho que se comenta? ¿Debemos entender que los funcionarios apoyan la gestión política de su concejal? ¿Acaso no corresponde esta competencia a los ciudadanos y no a los funcionarios cuya actuación debe, por principio, ser objetiva, transparente y neutral? ¿Quiere esto decir que los funcionarios apoyan y' participan de esa política generalizada de demoliciones auspiciada por el señor concejal en la ciudad durante los dos últimos años?

La foto de la primera página constituye una de las mejores aportaciones al humor negro de nuestro país. Cabría situarla en el límite entre lo trágico y el esperpento. Se diría extraída de la serie de personajes retratados por Velázquez, como Cristóbal de Castañeda o, más aún, el llamado D. Juan de

Austria, retratado en su contexto imaginario y rodeado por sus trofeos. Su última hazaña -a la del concejal me refiero- de aquel día, nos dice la noticia del diario, constituyó el desalojo de un edificio para su demolición. Uno más de la larga lista de demoliciones practicadas desde la eficacia en aras de la "higienización" de la ciudad. Finalizada

Su labor en la Ciutat Vella, sus esfuerzos recientes se centran en el Distrito Marítimo, según se lee en la noticia. ¿Quizás preparaba ya el desembarco final del Paseo al Mar?

Pero ¿en qué ha consistido la supuesta eficacia del señor García Ninet?

Al parecer fue incorporado al gobierno municipal para agilizar el departamento de Licencias de Obra y Ruinas, es decir, para hacer el "trabajo sucio" del área de urbanismo que el partido mayoritario en el gobierno municipal no podía o no quería hacer. Pero la agilización, al decir de los promotores y técnicos, no se ha visto por ninguna parten lo que a licencias de obra se refiere. Eso sí, con el loable prop6sito y la buena fe, que no pongo en duda, del concejal, cuyo objetivo constituía garantizar la seguridad de personas y bienes -se había producido un muerto en un desplome fortuito de un edificio- la cosa se complicó y el asunto se le fue de las manos, cobrando una inusual animación. Se ha procedido a la demolición indiscriminada de edificios a golpe de declaraciones de ruina inminente, "confundiendo -por darle la vuelta a un eslogan muy difundido en los últimos días- lo viejo con lo antiguo". Esto es, practicando una política anticultural digna de los gloriosos tiempos de la Dictadura; sin distinción entre edificios valiosos de nuestro patrimonio y nuestra memoria colectiva y los demás. Edificios que el planeamiento urbanístico municipal protege y prohíbe derribar. Como en el D. Juan Tenorio de Zorrilla, en un memorable monólogo, casas señoriales, edificios sederos del s. XVIII, edificios de viviendas construidos con el Plan de Ensanche de 1884 cayeron; hasta el Palacio de los Tamarit estuvo a punto de sucumbir a manos del concejal en abierto desafío con otras Instituciones.

Por otra parte, ¿qué piensan las personas desalojadas de esos edificios derribados? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Se les habrá realojado en condiciones más dignas de las que tenían? ¿Cuánto les habrá costado? ¿Se habrán adaptado a su nuevo hábitat, quizás en un barrio periférico de la ciudad, tras ser privados de su medio natural durante tantos años de vida en la Ciutat Vella? ¿Suscribirían el homenaje de los funcionarios al señor concejal? ¿Habrán

respaldado su política en las pasadas elecciones? ¿Y el resto de los ciudadanos? ¿Son acordes con esta política los resultados electorales obtenidos por el partido político del señor concejal, o, simplemente, han capitalizado su eficacia otros partidos?

Quienes sí deben estar agradecidos son los propietarios de esos edificios demolidos con inquilinos de toda la vida, de rentas bajas y permanentemente situados al borde de la insolvencia -"gusanos", como gustan llamarles los promotores y constructores- o sin ellos, y a quienes el concejal les ha librado de un enojoso problema y para quienes se generan nuevas expectativas urbanísticas en los solares resultantes. También los promotores y constructores de esta ciudad que ahora ven materializarse sus esfuerzos de tantos años de espera. A todos ellos la operación de "higienización" les reportará, sin duda, beneficios. Es a todos ellos -que no conviene confundir con los funcionarios municipales- a quienes corresponde, por naturaleza, tributar el homenaje de despedida, con rotulación de plaza incluida.

Esperemos que la “cariñosa” acción de los funcionarios no alcance eco suficiente en la Corporación Municipal, materializando los deseos subliminales del concejal. Pero si, por desgracia, esto se produjera -en esta ciudad todo es imprevisible- habría que pedir a nuestro Ayuntamiento, que suele tener por costumbre (al dedicar y rotular las calles de la ciudad a los prohombres y personajes que destacaron por sus aportaciones más o menos afortunadas al progreso de las patrias –la valenciana y la otra-, de la humanidad o al conocimiento de la historia) la buena práctica de agregar al nombre del ilustre su oficio o su beneficio, habría que pedir, repito, que en la placa onomástica correspondiente se escriba: PZA. DE JOSE IGNACIO GARCÍA NINET, TONTO ÚTIL.

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