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Publicat el 14 - 5 - 2005 a El País (C. Valenciana)

La Huerta... ¿Qué huerta?

Joan Olmos - Enginyer de Camins. Professor d'Urbanisme. Universitat Politècnica de València

Si, como afirma el profesor Thomas Glick, a la Huerta le quedan quince años, o, si para los más "optimistas" la Huerta ya ha desaparecido, lo que hay que hacer, como dice el profesor Rosselló, es ponerse de acuerdo para expedir el acta de defunción y proceder al entierro. No faltarían, en esa ceremonia, las lágrimas de cocodrilo.En ese caso, siempre nos quedará un rinconcito romántico en Borbotó-Poble Nou, (¿o tampoco?) donde se pueda crear un pequeño parque temático, con alquería, barraca, hortelano y haca incluidos, para vender a los turistas, porque está claro que a los autóctonos les importa una higa este paraje. Dispondremos, en el chiringuito del parque, de todos los meritorios trabajos de investigación que ha generado este agrosistema único en Europa, y los especialistas explicarán cómo el vergel que cantaban los poetas antiguos se transformó en un vertedero. Podremos crear algún puesto de trabajo para estudiantes y guías y hasta podría haber un pequeño merendero para degustar un plato de arròs amb fesols i naps.

No hay que ser un experto, ni un sentimental, ni siquiera ecologista, para comprobar y lamentar el gravísimo expolio a que ha estado sometido este enclave privilegiado, especialmente desde los años sesenta a esta parte. Recordemos que, hasta ese momento, la Huerta de Valencia estaba prácticamente intacta. Lo que todavía en esas fechas resultaban las referencias clave del paisaje -alquerías, acequias, caminos, molinos- hoy aparecen en los mapas sustituidos por una omnipresente red de vías, rondas, polígonos industriales, y por un crecimiento de los núcleos urbanos que han extendido la mancha sucia por enci-ma de ese hermoso tapiz cambiante con las estaciones, en su cromatismo y en su vida, que era la Huerta.

Una ojeada a vista de pájaro rasante nos permite comprobar hoy la brutal inserción de lo urbano, que se suponía más civilizado -la retícula, el eje viario, el centro comercial- encima de un delicadísimo tejido formado y cuidado a lo largo de siglos. La peor parte de la ciudad, esas periferias áridas que analizaba Carles Dolç en estas mismas páginas, ha inundado el más bello paisaje circundante, creando espacios despersonalizados, y absorbiendo de manera prepotente arrabales y poblados. El contraste es, repetiré el calificativo, brutal.

No sé si tiene interés ahondar en las razones de este destrozo. Se han explicado en todos los idiomas y desde todos los ángulos. Me interesa subrayar la que aporta Vicent Franch en un reciente artículo, donde decía que aquí lo que ocurre es que hay un "territorio libre de derecho" en donde la Constitución, el Estatut, y todo el cuerpo jurídico derivado, son sistemáticamente vulnerados.

Ya sabemos que el desarrollismo incontrolado, todavía en vigor y favorecido por la pujanza económica, está en el fondo del asunto, pero con la ley en la mano, incluida la anterior al 78, no habría sido posible tanta maldad impune.

Los sucesivos ministerios de obras públicas han venido tratando con la misma fórmula cualquier carretera o cauce, sirva para la Mancha, el Pirineo... o la Huerta de Valencia. Probablemente, la primera gran herida que se infringió a nuestra querida comarca fue aquel precipitado desvío del Turia por el sur (había otras soluciones), que abrió las puertas a todos los delirios de autovías y cinturones, algunos de ellos ahora resucitados.

Todos estos lamentos sirven de bien poco. Cabe ahora preguntarse, por lo tanto, si hay interés sincero en frenar el expolio, mantener lo que queda y recuperar una parte de lo que se perdió. Disponemos de gente preparada para esa tarea. Comenzando por los propios agricultores, a los que no cabe trasladar la responsabilidad del mantenimiento de la Huerta, y a los que hay que convertir, con medidas fiscales y urbanísticas, en los principales interesados en protegerla.

Preservar el patrimonio no debe ser una carga para el propietario, sino un esfuerzo de la comunidad. Mantener nuestro patrimonio natural no solamente es una obligación moral y legal, sino que puede ser rentable en términos económicos. Las obras públicas se justifican porque se supone que son de interés general, y ese interés incluye el mantenimiento de los valores existentes, no la sustitución por otros de dudosa rentabilidad.

En el plano urbanístico, las posibilidades son todavía magníficas. Londres - que por cierto acaba de recuperar su gobierno metropolitano- tuvo que frenar su descontrolado crecimiento en los años cuarenta con el plan de Abercrombie, creando un cinturón verde alrededor de la ciudad y trasladando el crecimiento, más ordenado, menos dependiente del centro, a la parte exterior.

Salvando las distancias, aquí todavía se podría hacer algo parecido, deteniendo de una vez la expansión sobre la huerta, reconstruyendo la ciudad interior, tan deteriorada, y recuperando algunos espacios de la periferia donde no habría más remedio que "levantar" pedazos de ciudad mal paridos para recuperar la bella alfombra que se esconde debajo. Si, continuando con el ejemplo londinense, nos propusiéramos dotar al área de Valencia de un potente y moderno servicio de transporte colectivo, resultaría que en vez de crear nuevas rondas, podríamos permitirnos desmontar una parte de las existentes.

En esa nueva ciudad, la huerta sería nuestra mejor zona verde, nuestro lugar de paseo, la escuela al aire libre, el gran parque periurbano, nuestro auténtico pulmón de vida. Vivir en el entorno de un paraje privilegiado y frágil, lejos de ser un inconveniente, constituye una gran oportunidad. La Huerta, lo que queda de ella, es uno de esos privilegios, el conjunto Devesa-Albufera es el otro.

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